LA REPRODUCCIÓN HUMANA

Por Cristina Serrano

Centrar la reproducción humana como proceso de trabajo productivo es uno de los más importantes temas que debe plantearse la teoría feminista. Mientras no definamos correctamente la principal tarea de la mujer, que es reproducirse, el Movimiento Feminista no saldrá del pantano de luchas fracasadas y reivindicaciones parciales y reformistas.

El Sujeto trabajador
Las mujeres, las únicas personas que se reproducen, no constituyen un sector marginal de la sociedad. Conforman el 52% de la humanidad, por lo que no resulta aceptable afirmar que únicamente nos hallamos a la orilla de los sectores productivos. Las mujeres trabajan, desde siempre, en los tres procesos de trabajo fundamentales para sostener la sociedad: la reproducción, el trabajo doméstico y la producción, pero únicamente se les reconoce el tercero cuando se realiza para la empresa capitalista.

Qué reproducen las mujeres
Las mujeres reproducen fuerza de trabajo: obreros, campesinos, amas de casa, ejecutivos, soldados o políticos. Cada niño es un futuro trabajador. A esta tarea se la embellece con toda clase de adjetivos admirativos y se le atribuyen gran cantidad de virtudes y cualidades. De tal modo se aliena a las mujeres para que sigan produciendo niños, creyendo que lo hacen por su propio deseo.
Esta ideología se difunde con más insistencia en el mundo occidental para inducir a las mujeres a tener más hijos. Sobre todo en continentes como Europa, en que la natalidad ha descendido a índices peligrosos, ya que no garantiza la sustitución de la generación anterior. Las mujeres de las clases más desfavorecidas y las de países subdesarrollados están presionadas por la legislación anticonceptiva y que penaliza el aborto, amén de que las tradiciones, la religión y los prejuicios sociales las obligan a cumplir su papel con puntualidad incluso a veces con demasiada abundancia, por lo que en algunos países se hace preciso limitar su producción.
No cabe duda de que no es lo mismo la «maternidad» para la mujer de un burgués norteamericano, que para la negra de Nigeria o para las brasileñas y las hindúes indigentes. Porque la maternidad de la norteamericana, esposa del ejecutivo de la multinacional, es la fábrica de nuevos dirigentes hombres del mundo capitalista, en cambio, las mujeres pobres sólo cuentan para producir los cambios esperados o maldecidos en la demografía del país, reproduciendo únicamente los peones de la industria o del campo y nuevas hembras reproductoras.
La ideología oficial occidental afirma que todas las mujeres quieren tener hijos, que, por tanto, tienen derecho a ser madres y que sienten el embarazo y el parto como el cumplimiento de la misión suprema y perfecta que las realiza. Ciertamente, muchas mujeres creen en la misión divina, la delicia o el fruto del amor de la maternidad. Ignoran que dar a luz a un hijo es fabricar un ejecutivo más, un obrero más, un campesino más, un oficinista o una madre más. La ideología dominante ha calado eficazmente, incluso en mujeres intelectuales, politizadas y feministas.

Cómo se reproducen las mujeres
Implicaciones fisiológicas de la reproducción
En el hombre la reproducción se asocia necesariamente con el placer sexual, a diferencia de la mujer, que en cada acto sexual corre el riesgo de quedar embarazada, independientemente de que tenga o no placer. Mientras al hombre la reproducción le supone unos momentos de placer, a la mujer, sin ni siquiera la certeza de ese placer, le puede suponer un embarazo y un parto. El proceso fisiológico de la mujer para poder reproducirse la condiciona ya desde su primera regla, pues la complejidad de sus órganos reproductores es causa de frecuentes disfunciones y enfermedades, repercutiendo además, directa o indirectamente, en todo su organismo y conducta.
Para comparar las distintas probabilidades de enfermedad por órganos de reproducción entre el hombre y la mujer, no tenemos más que observar que mientras el aparato reproductor de ésta ha dado lugar a dos especialidades médicas –tocología y ginecología– las enfermedades derivadas del sistema reproductor del hombre son tan limitadas que se incluyen dentro de la especialidad del riñón y vías urinarias y se reducen prácticamente a las complicaciones de próstata que se dan frecuentemente en los hombres de edad avanzada, ya que problemas como la orquitis, epidermitis, etc… son estadísticamente muy poco representativos.

a) La menstruación
La menstruación es la primera y la más constante de las servidumbres fisiológicas de la mujer en aras de la reproducción. Se dan dos importantes manifestaciones clínicas: la anemia crónica, entre la que se halla clásicamente descrita la «anemia de la jovencita», que se debe a hemorragias menstruales excesivas y también el síndrome de la tensión premenstrual, que corre el peligro de ser catalogado como histeria, pero que obedece –al igual que ocurre con el postparto– a un brusco descenso de los niveles de progesterona que ocasiona trastornos de conducta y depresiones.

b) El coito
Es sabido que el primer coito y la rotura de himen producen dolor habitualmente, por hipoplasia vulvar o vaginal, y pueden producir hemorragia. También que la excesiva frecuencia del coito produce fácilmente infecciones urinarias, cistitis –es conocido el término «cistitis de desfloración»– y el coito sin orgasmo, tan frecuente en las mujeres, que produce síndrome dcongestión pélvica o síndrome de Taylor, síndrome doloroso que predispone a todas las enfermedades ginecológicas, urológicas y rectales debido a la lentitud de la circulación pélvica que dilata las estructuras venosas de la zona.

c) El embarazo
El embarazo produce una importantísima carga hemodinámica para la que es necesaria una gran fuerza cardíaca, por lo que cualquier anomalía en la función cardiocirculatoria compatible con una vida normal, como una estenosis mitral, no lo es si se produce un embarazo. Ese esfuerzo que realiza la mujer se pone de manifiesto en el embarazo, ya que el organismo de la mujer especialmente en los últimos meses de la gestación funciona en sus márgenes más altos de adaptación. Otras enfermedades son específicas del embarazo ya que la mitad de la conformación macromolecular del feto es extraña a la madre y no se conocen los mecanismos por los que la madre es capaz de tolerar sin reacción de rechazo el feto, ya que si a una mujer se le pusiera un riñón de su hijo se daría inevitablemente el rechazo. Son en este sentido enfermedades fatales la incompatibilidad de Rh, que produce eritroblastosis, y la eclampsia, enfermedad de inmunocomplejo con alto índice de mortalidad, en la que la vida de la madre sólo puede salvarse con la extracción del feto y un tratamiento médico adecuado.
Se da también en el embarazo una propensión a las infecciones o a la reactivación de las mismas –como la de la tuberculosis o como la ictericia recidivante del embarazo– y se producen enfermedades corregibles. Si no se suministra calcio y hierro a la mujer embarazada se le produce una descalcificación y una anemia como consecuencia del embarazo.
Un caso frecuente de embarazo mortal, si no se dictamina a tiempo, es aquel en que el óvulo se implanta fuera del útero, en las trompas –embarazo ectópico– que provoca, si no se ha detectado previamente, una hemorragia mortal o de urgente intervención quirúrgica y a menudo, la extirpación de una trompa.

d) El parto
Como se sabe, el parto también es un riesgo físico importante para la mujer. Aunque se trate de un parto normal, el dolor solo es evitable con anestésicos, que en ocasiones perjudican al feto, y las consecuencias más habituales son el desgarro del canal del parto, la distensión del abdomen y las estrías de la piel que durarán toda la vida. Y se producen un porcentaje importante de partos distócicos a causa de diferentes anomalías, tanto del feto como de la madre, que sólo pueden ser resueltas con cesárea.
Todavía hoy mueren 5.000.000 mujeres en el mundo, cada año, por accidentes y enfermedades del embarazo y del parto.

e) El puerperio y la lactancia
Durante el puerperio, entre las enfermedades más habituales están por una parte las fiebres puerperales, que cada vez son menos frecuentes en los países desarrollados, pero que siguen siendo causa importantísima de mortalidad en los países subdesarrollados. Y por otra, el necesario reajuste endocrínico que produce trastornos, molestias debidas a la contracción del útero hasta su tamaño normal y flebitis puerperal.
Pero la anomalía más importante se debe al aumento de coagulabilidad de la sangre que produce una propensión a la tromboflebitis que suele dar lugar a un tromboembolismo pulmonar de elevadísima mortalidad.
Las enfermedades más comunes de la lactancia son la ingurgitación mamaria, que impide la normal permeabilidad de los canales galactóforos dando lugar a la retención de leche y que pueden acabar en mastitis, grave infección de la mama, y las grietas del pezón que además de ser dolorosas pueden acabar en mastitis. Otra importante complicación es la descalcificación debida a la alta concentración de calcio de la leche materna.

f ) La menopausia
Pero las enfermedades y riesgos físicos de la mujer por su condición de reproductora no terminan con el último de sus embarazos. La menopausia produce cambios hormonales más bruscos en la mujer que en el hombre. Debido a la atrofia del ovario se produce una caída en el nivel de estrógenos que tendrá su repercusión en todo el organismo, mientras que en el hombre la atrofia del testículo no se produce de un modo radical.
La menopausia produce sofocos, taquicardias, sudores, trastornos de las mucosas debidos a la nutrición deficiente del epitelio tanto vaginal como uterino, de la laringe o de la vejiga de la orina, y produce también trastornos metabólicos que predisponen a la hipertensión, la diabetes y la obesidad. Y causa además una pérdida de masa ósea que puede provocar fracturas.

g) Los anticonceptivos y el aborto
Por otra parte, dentro de los riesgos físicos ocasionados por el aparato reproductor en la mujer, debemos considerar que al riesgo del embarazo se opone el del uso de los anticonceptivos o del aborto, incomparablemente menores a los del embarazo, pero ciertamente significativos.
Tanto el uso de anovulatorios como el dispositivo intrauterino, como la intervención de ligadura de trompas, como el aborto, son, qué duda cabe, agresiones al cuerpo de la mujer. Y aunque las mujeres reivindiquen justamente la despenalización del aborto y la legalidad de los anticonceptivos, es evidente que mientras la mujer debe controlar continuamente su capacidad reproductora, el hombre está libre de hacerlo. Ni los anticonceptivos masculinos ni la vasectomía se usan y se practica con la habitualidad con que la mujer toma anovulatorios o se liga las trompas.

Y aunque el aborto, efectuado en las debidas condiciones sanitarias suponga un riesgo veinte veces menor al de un embarazo y un parto, uno de los eslogan feministas más acertados sobre este tema es el de «Queremos el derecho al aborto: no queremos abortar», porque el aborto supone una agresión física al cuerpo de la mujer.

h) Patología del aparato reproductor
Por otra parte hablamos de las complicaciones que su sistema reproductor le supone a la mujer a lo largo de toda su vida. La inflamación, infección, quistes y tumores son frecuentes en ella y son numerosas las que tienen en algún momento de su vida que someterse a una histerectomía, pero también es frecuente el cáncer de mama y de cuello de útero y la comparación estadística de esta frecuencia con el cáncer de próstata sería algo similar a la proporción de una a diez.

El valor de la reproducción
Nada es dado en la naturaleza. Todos los productos que los individuos precisan para sobrevivir deben conseguirlos por sí mismos, a costa de más o menos esfuerzo. El «homo sapiens» es el resultado combinado del ecosistema que le envuelve y lo rodea. Pero situado en cualquier lugar de la tierra el homínido precisa reproducirse para reproducir su grupo humano, su organización social, para existir y poblar la tierra. La técnica de la búsqueda de alimento, el mejor aprovechamiento de los recursos que se encuentren a su alcance, la organización de los individuos, la fabricación de herramientas, el perfeccionamiento de las ya existentes, la extracción del trabajo excedente, en resumen, todo lo que constituye la cultura humana, es creación de la fuerza de trabajo que los individuos han aportado a la construcción de nuestras sociedades. Y sobre todo de la fuerza de trabajo femenina que ha producido todos los seres humanos.

Tanto el crecimiento de la población como su organización social, sus leyes de parentesco, sus ritos religiosos y las técnicas de producción de alimentos, toda la organización económico-social, política, ideológica, depende precisamente de las capacidades de fecundación, es decir –hablando propiamente– de la reproducción de las mujeres.
La energía humana se transmite, se distribuye y se reproduce por la inversión de la energía femenina en la sociedad. En esta distribución se encuentra la mayor tasa de explotación, la mayor cantidad de trabajo excedente arrancado a las mujeres. Y en referencia a que la energía femenina se distribuye en la sociedad, es importante incluir aquí la manutención de los niños durante los dos primeros años de vida, que corre a cargo exclusivamente de la madre, y la manutención de la propia mujer que, por supuesto, es responsabilidad exclusiva suya. Respecto a las tareas domésticas, agrícolas e industriales, en cuya realización las mujeres invierten las dos terceras partes de su trabajo (Informe de la OIT) la explotación femenina merece un capítulo aparte.

Las leyes de la reproducción
Las leyes de la reproducción son las determinantes del modo de producción. La forma y el modo en que se realiza la producción humana y todos los ítems que le son inherentes: la larga gestación de nueve meses, el parto doloroso y peligroso, tantas veces mortal, la larga inversión de la madre en la nueva cría, su tardanza en desarrollarse, en adquirir el suficiente aprendizaje, la costosa inversión de tiempo, de salud y de trabajo de la madre en la producción de las nuevas criaturas, el despilfarro de las vidas femeninas que cuesta la reproducción, todo ello constituye los determinantes del modo de producción.
Por tanto, las leyes de la reproducción (la población de los demógrafos) son las determinantes de las eyes de la producción. Las leyes de la reproducción determinan el desarrollo de las fuerzas productivas: la fuerza de trabajo, y las relaciones de la reproducción dominan las relaciones de producción.
En contra de todas las teorías malthusianas o catastróficas de superpoblación, el planeta tierra posee mayores recursos de los que aprovechan los individuos.

La primera ley de la reproducción es que la tasa de reproducción queda siempre por debajo de la producción. A mayor reproducción corresponde un modo de producción más avanzado, pero siempre la producción de la fuerza de trabajo se encuentra por debajo de la producción de bienes materiales.
Ya sabemos que únicamente exigiendo por la coacción el mayor trabajo excedente de los individuos puede alcanzarse un aumento de la producción de bienes. La reproducción de los individuos sigue la misma ley. Ningún ser humano desea trabajar más de lo absolutamente imprescindible para su supervivencia, a menos que se le obligue a ello. La coacción ideológica es, sin duda, la más eficaz coacción, y nadie desea trabajar más de lo que se le exige para alcanzar el nivel de comodidad deseado. Es decir, nadie se queja de que se le regale la casa o el televisor sin trabajar para conseguirlo.

La segunda ley de la reproducción es que únicamente la coacción ideológica, física y económica, puede conseguir que la reproducción se realice en la medida y en el tiempo que la clase dominante lo exija. Esta es la segunda ley de la reproducción. La mujer no se reproduce voluntariamente por el agrado que ello le produce. La mujer se reproduce forzosamente para proporcionar a la sociedad la fuerza de trabajo humano que precisa, obligada por la coacción económica y extraeconómica que contra ella utilizan los hombres. Por tanto, en la misma forma en que ningún campesino ni ningún obrero trabaja por gusto, las mujeres procuran no extenuarse en la parición y el amamantamiento. Que el control de la natalidad por parte de las propias mujeres es una de sus ambicionadas metas, para arrebatarles por fin a los hombres el poder sobre la reproducción, lo atestigua el propio Movimiento Feminista.

La tercera ley de la reproducción es que la producción está determinada y condicionada por la reproducción. Ambas se encuentran en una relación directa: a mayor reproducción mayor producción.

La comunidad doméstica sobrevive con la producción de un determinado número de bienes de uso precisos para la alimentación, vestido y confort de los individuos de que dispone. Producir más constituirá en realidad un despilfarro. Y esa continuidad de bienes, finita y conocida de antemano por todos, debe ser fabricada por un número también conocido de individuos. En consecuencia, si se aumenta el número -circunstancialmente, por supuesto- de los trabajadores, es evidente que hay que rebajar la cantidad producida por cada uno de ellos.

La cuarta ley de la reproducción de la comunidad es la de que la producción está constituida por un número finito y conocido de bienes, por encima de los cuales no se produce riqueza sino despilfarro e inutilidad.

La quinta ley de la reproducción es que el desarrollo de la fuerza de trabajo humana, el aumento de la reproducción, determina el cambio de modo de producción. No es la técnica para producir alimento la determinante de un modo de producción, ni su desarrollo confiere ninguna condición importante en su evolución, cambio o revolución. El invento del arado no cambió el modo de producción. Hizo más rentable el proceso de trabajo agricultor, y ello era preciso porque se necesitaba alimentar a más gente.

No se produjeron más individuos porque se hubiera inventado la azada, sino que al existir un mayor número de individuos el invento de la azada permitió el desarrollo de la agricultura necesario para poder alimentar a una población mayor.
En consecuencia, la fuerza productiva determinante del modo de producción doméstico es la fuerza de trabajo humana. Sin ella no existe sociedad alguna. La reproducción es el proceso de trabajo fundamental. Las fuerzas de trabajo determinantes son, por tanto, las mujeres.

La sexta ley de la reproducción: El trabajo excedente de la mujer es el que permitirá el desarrollo de las fuerzas productivas. Trabajo excedente que se realiza tanto en la reproducción de la fuerza de trabajo humana como en la producción de bienes de uso y de cambio. El excedente arrancado a la mujer mediante la coerción y la represión masculina es el que establecerá las condiciones fundamentales para el paso del modo de producción doméstico a otro más avanzado.

La séptima ley de la comunidad doméstica está expresada del siguiente modo: el desarrollo de las fuerzas de trabajo, el aumento demográfico, conlleva la subordinación del modo de producción doméstico a los subsiguientes que se harán dominantes, y en consecuencia, la clase dominante –el hombre– defiende, la supervivencia del modo de producción doméstico que implica la de su dominación como clase.

EL VALOR DEL HIJO: FUERZA DE TRABAJO, SIRVIENTE Y HEREDERO
En todas las sociedades el hijo, producto básico de la tarea femenina, posee tres valores; como fuerza de trabajo, como sirviente y como heredero del apellido y de los bienes del padre.
En una sociedad capitalista la principal mercancía es la fuerza de trabajo humana. Y todo trabajador es primero, y antes de convertirse en asalariado, un niño y más tarde un adolescente, producido, mantenido y socializado por la madre. Esta venta de la fuerza de trabajo humana sólo puede realizarse cuando aquel, por su edad y preparación laboral puede realizar un trabajo productivo y socialmente útil.
A la vez el hijo es en sí mismo una mercancía. En los países subdesarrollados el hijo pertenece en propiedad al padre que puede utilizarle como trabajador, como sirviente, como esclavo, como mercancía vendida al mejor postor. Y en los países desarrollados la compra y venta de niños se realiza cotidianamente. En la actualidad, la modalidad de los vientres de alquiler, es decir contratar a otra mujer, pobre, para que geste el hijo que los compradores desean, se está convirtiendo en uno de los nuevos beneficios del Capital, gestionados por agencias que realizan el negocio.

1. El hijo como fuerza de trabajo social
El valor del hijo como fuerza de trabajo no es solamente el valor de cambio de su fuerza de trabajo vendida al capital, es el valor que poseen todos los individuos como fuerza de trabajo en la sociedad. El primer rendimiento que exige del ser humano la sociedad es el de realizar un trabajo útil y productivo. El segundo es el de reproducirse a su vez.
El hijo tiene por tanto un valor social del que tanto el padre como el Estado obtienen un beneficio determinado según el modo de producción dominante. Si se trata del modo de producción esclavista, el hijo tanto podrá ser un patricio romano o un esclavo de las minas de sal o del «domus». Si el Estado es feudal se convertirá en un siervo, en un mesnadero del barón o en un religioso al servicio de la Iglesia. En la actualidad, será obrero, ejecutivo, publicitario o burgués. Las hijas tienen como valor dominante el de ser hembras reproductoras. El valor de cambio de su fuerza de trabajo no está determinado exclusivamente por su venta al patrono capitalista. Es toda su persona incluyendo su inteligencia, su salud, su energía, sus expectativas de vida y de categoría social lo que valen de él y de ella. Es asimismo el súbdito del Estado que perpetuará el modo de producción doméstico y el modo de producción capitalista.

2. El hijo como siervo
El valor del hijo como siervo, que añade al de fuerza de trabajo social, es el que proporciona un rendimiento codiciable para el padre y constituye la única motivación para exigirle a su mujer una progenie numerosa. Cuando diversos factores: la concienciación de las mujeres que las lleva a rehuir los sufrimientos de la maternidad, la facilidad de los métodos anticonceptivos para conseguir reducir los riesgos del embarazo, la necesidad económica y social de mantener a los hijos en buen estado, la complejidad creciente de los conocimientos que exige un cada vez más dilatado tiempo de socialización, el deseo de las mujeres de abandonar el «ghetto» doméstico y participar en la producción social, han hecho aumentar los gastos de tener un hijo hasta cotas difícilmente soportables, y han reducido drásticamente los beneficios a obtener o los han hecho desaparecer, los hombres no están dispuestos a realizar los sacrificios que se suponen dignos de un buen padre. Y las mujeres que han encontrado los medios de liberarse de las maternidades no deseadas, han reducido su tasa natalidad a extremos nunca vistos en los siglos pasados.
En los países occidentales desarrollados la educación de los hijos se prolonga cada vez más así como su coste. Esta es otra de las causas de la baja natalidad en Europa. En los países subdesarrollados y en la producción agrícola los buenos hijos han de ser sumisos, obedientes, disciplinados y sobre todo rentables. Hijos dispuestos a trabajar desde la infancia en beneficio del padre. Hijos siervos o esclavos, que, por su condición constituyen la principal riqueza del padre. E hijas que se destinan al matrimonio y con las que se realizan acuerdos económicos con otra familia. Cuando un hombre no posee ni tierras, ni ganado, ni dinero, ni comercios ni bienes, siempre puede resolver alguno de sus problemas económicos alquilando o vendiendo a sus hijos e hijas.
En la sociedad agrícola el padre es más rico cuantos más hijos tenga, y dado el nivel de mortalidad materna y perinatal de esos países, las mujeres se reproducen constantemente para que sobrevivan la mitad de los nacidos. Cuando el capitalismo descubrió los beneficios de la producción de mercancías y necesitó una más perfecta preparación técnica de los trabajadores, inventó la ideología del amor materno. Es preciso que se cuide a los hijos para que sobrevivan y crezcan en buenas condiciones de salud a fin de proporcionar fuerza de trabajo al Capital.

3. Los servicios personales del hijo
En los países agrícolas el valor del hijo y de la hija no se limita a las ganancias que puede obtener y entregar a su padre en el curso de su vida activa. Los servicios personales que se encuentran obligados a prestar de por vida a su padre son tan valiosos como los ingresos dinerarios. Y no solamente los servicios laborales que equivalen al trabajo de un obrero asalariado, y que son prestados gratuitamente en la hacienda rural o en el negocio familiar. Los servicios personales permiten al padre disfrutar de una vida más cómoda y de la seguridad de ser atendido en la ancianidad y en la enfermedad. El cuidado de una buena hija es tan importante como la mejor herencia. Todas las comunidades domésticas cuentan con la fidelidad y obediencia de los jóvenes y las mujeres a los viejos.

4. El hijo como heredero
Un valor añadido al hijo es el de continuador de la familia y del apellido. Es también importante para el padre saber que su semen es el que ha fecundado a su mujer. Reconoce en el hijo rasgos caracterológicos comunes, se siente perpetuado en la existencia futura en aquel otro ser que es continuación de sí mismo. Y para los hombres de las clases pudientes es el heredero de su apellido, de sus bienes, de su poder. Para la aristocracia y las monarquías hereditarias resulta imprescindible asegurarse de un heredero de toda confianza. Y sólo la mujer puede proporcionárselo. Las mujeres de los hombres de estas clases se ven sometidas a una estrecha vigilancia y exigencia para que proporcionen hijos a sus maridos, sobre todo varones. Se explota y oprime a la mujer, en relación a la reproducción que debe realizar incesantemente, con más exigencia que en el proletariado y el campesinado pobre, entre los cuales este papel del hijo resulta sin relevancia.

Reproducción in vitro
Las enfermedades, accidentes y traumas que sufre la mujer durante el embarazo y el trabajo de parto son consecuencia de la adaptación de la hembra humana a su nueva vida inteligente, mientras sigue cumpliendo con su especialización reproductora. Toda su historia no es más que el constante debate entre su capacidad intelectiva y su capacidad reproductora. Los cambios culturales, las revoluciones históricas, los avances técnicos, no han sido suficientes para liberarla de esta servidumbre; para ella el cumplimiento de su principal trabajo, la supervivencia de la especie, ha significado su esclavitud social.
Resulta criminal recordarle, como tan a menudo hacen los autores conservadores, que las mujeres no han tenido jamás un papel preponderante en la política, ni en las ciencias ni en las artes, como demuestran los escasos ejemplos que encontramos a lo largo de la historia, que, como excepciones que son, únicamente confirman la regla general. Porque las mujeres han cumplido puntual y mansamente con su principal tarea: reproducir hombres para el desarrollo de tan nobles tareas y mujeres para reproducir más seres humanos. Si además, en alguna ocasión, pudieron conocer el Derecho, practicar las artes o ejercer la medicina, ello se debió al enorme esfuerzo de algunas privilegiadas, tanto por su situación social como por el apoyo familiar que recibieron y a su temperamento y carácter.
La única forma de emanciparse de las servidumbres de la gestación, la parición y la lactancia es la fabricación de seres humanos mediante la ingeniería genética y la gestación en probeta. Y aunque no se crea, nos hallamos, desde el punto de vista científico, mucho más cerca de tales logros de lo que parece. El éxito de este tema está marcado por las decisiones económicas y políticas que conllevaría más que por la ignorancia de la biología. Las razones por las cuales el proceso de incubación del feto «in vitro» no tiene interés para la ciencia en este momento es porque lo más barato es siempre el útero femenino.
Los grandes temores que sustenta un sector del movimiento feminista sobre la posibilidad de que los hombres manipulen la reproducción «in vitro» en su beneficio resultan totalmente infundados. No hay nada más barato que las matrices femeninas que fabrican con bastante buenos resultados la fuerza de trabajo humana que necesita el mundo. La producción en serie de seres humanos ha de suponer, no sólo la última revolución, sino también la inversión más importante de todos los Estados. Ningún Estado, ningún gobierno, puede plantearse instalar fábricas industriales de niños, mientras las mujeres sigan dispuestas a embarazarse.
Es una constante la queja de que la maternidad detiene o retrasa su carrera profesional, por lo que en este siglo XXI las mujeres de países desarrollados han limitado drásticamente su tasa de natalidad, pero ni los dirigentes políticos ni los económicos se han planteado seriamente que soluciones deben aplicar para revertir esta situación. O la mujer escoge su vida inteligente, decidiendo no reproducirse más o seguirá anclada en su destino milenario. Sólo en el momento en que las mujeres como grupo decidan no reproducirse más entraremos en la historia humana de su propia clase y dejarán atrás su historia animal, lo que se ha dado en llamar «natural». Sólo cuando sea posible la reproducción «in vitro» las mujeres podrán decidir y elegir, si así lo desean, una «maternidad» libre y responsable.

El poder y el control de los medios de producción
La revolución de la reproducción artificial ha de ser acompañada por la toma del poder por el feminismo. Como todo revolucionario sabe lo fundamental es controlar los medios de producción y los medios de reproducción son el objetivo de la clase dominante en el futuro..
Las clases dominantes de hombres que hasta hoy han cumplido su destino histórico: alcanzar el poder para dominar los medios de producción y transformar la sociedad, han cumplido sus objetivos. Las últimas revoluciones han alcanzado el techo de las transformaciones sociales que los hombres podían realizar. La abolición del modo de producción doméstico, el cambio en las relaciones humanas, con sus redefiniciones del amor, de los sentimientos, de la familia, de las relaciones materno y paterno filiales, de las relaciones sexuales, están todavía por realizar. Sólo la mujer puede ser la protagonista del más profundo cambio que se pueda imaginar.

Ya no se trata, en la última lucha que habremos de librar, de producir más bienes de consumo, ni siquiera y sólo de redistribuirlos más equitativamente. Para nosotras el futuro significa el futuro de la humanidad: la paz contra la guerra, el amor contra el odio, la igualdad contra la injusticia.
Las mujeres como última clase explotada no nos hallamos en las mismas condiciones que las clases de hombres explotados. Ellos sólo pueden imaginar un mundo donde la riqueza sea distribuida en beneficio propio. El mundo del consumo que nos aflige en la actualidad, con su despilfarro de bienes y su finitud, es producto también de este techo en la lucha por la igualdad imaginada por los hombres. Sólo las mujeres que tenemos ante nosotras la alternativa más trascendental podemos ser los agentes de esta enorme revolución.
El explotador nunca puede ofrecer abolir aquello que le beneficia. De la misma forma que la burguesía no pudo ofrecer un mundo mejor que éste que padecemos, con su cortejo de hambres millonarias en el Tercer Mundo, con su escalada trágica de armamentos, de guerras continuas, de despilfarro inútil y de escasez constante, el hombre, como clase explotadora de la mujer, no tiene nada más que imaginar que esta época que sufrimos, en la que las compras superfluas de todo constituyen su máxima ambición, mientras el maltrato, las violaciones, los abortos clandestinos o legales, el desprecio y la humillación de las mujeres, constituyen la base del dominio masculino. Esa supremacía masculina no lleva al varón de la especie más que a su hastío. Sólo las mujeres que vivimos la alegría de una lucha larga y extraordinariamente transformadora tenemos capacidad para realizar la última revolución: la feminista, en la que nuestro poder dominará una reproducción inteligente, liberadas por fin de las miserias, los sufrimientos y los peligros de la maternidad animal a que ahora estamos condenadas.

Tesis del Partido Feminista de España