Por PFE

El velo, la guerra y la táctica del poder: lo que no cuentan las noticias sobre Irán

En los últimos días las redes sociales y algunos medios alternativos se han llenado de titulares celebratorios: “Irán deroga el velo obligatorio”, “el gobierno permite la libertad de vestir”, “las mujeres iraníes ganan la batalla”.  El eco ha sido inmediato: periodistas occidentales, influencers progresistas y columnistas apresurados han difundido la supuesta buena nueva con entusiasmo y una pizca de condescendencia, como si el pueblo iraní necesitara nuestra aprobación para alcanzar la modernidad.
Sin embargo, detrás de ese aparente avance histórico no hay una reforma legal ni una revolución social, sino una maniobra política cuidadosamente calculada. La obligatoriedad del hiyab —impuesta desde la revolución de 1979 y codificada en el artículo 638 del Código Penal islámico— sigue vigente. Lo que el gobierno ha hecho no es abolirla, sino modular su aplicación: ha frenado el proyecto de ley que endurecía las sanciones y ha permitido cierta laxitud en las grandes ciudades. Es decir, la tela sigue pesando, pero el látigo se esconde por un tiempo.

Conviene preguntarse por qué ahora, a quién beneficia. La respuesta no está en el ámbito moral ni religioso, sino en el contexto geopolítico. Irán acaba de atravesar el periodo más tenso de su historia reciente: la guerra abierta con Israel, los ataques a infraestructuras estratégicas y las amenazas constantes de Washington y la OTAN han obligado al régimen a buscar cohesión interna a cualquier precio. Un país acosado desde fuera no puede permitirse estallar por dentro. Y el velo, símbolo y arma del patriarcado estatal, se ha convertido en un campo minado político. Las protestas de 2022, desatadas tras la muerte de Mahsa Amini, demostraron que el control del cuerpo de las mujeres puede convertirse en detonante de una rebelión generalizada. El poder ha aprendido la lección: no se puede librar una guerra externa y otra interna al mismo tiempo.

Por eso la actual “relajación” del código no es una concesión feminista, sino una estrategia de supervivencia. El gobierno de Masoud Pezeshkian intenta presentarse como moderado, mientras la estructura teocrática permanece intacta. Se abre la mano en Teherán y se aprieta el puño en las provincias; se evita el escándalo internacional, pero se mantiene la capacidad de castigo. La represión se tecnifica: cámaras, drones y reconocimiento facial sustituyen a las patrullas de la moral. Menos látigo visible, más vigilancia invisible. El resultado es un sistema de control silencioso y selectivo, compatible con la necesidad de aparentar modernización ante el mundo y estabilidad ante sus enemigos.

Ahora bien, frente a esta realidad compleja, es imprescindible recordar que la política imperialista del Estado sionista de Israel, de Estados Unidos y de la OTAN contra Irán merece la condena más firme. Durante décadas, las potencias occidentales han usado el discurso de los “derechos humanos” y, más recientemente, de la “liberación de las mujeres”, como coartada moral para someter a uno de los pueblos más antiguos y cultos del planeta, el persa, heredero de una de las civilizaciones fundadoras de la humanidad. No se trata de filantropía, sino de geoestrategia y expolio: dominar el Golfo Pérsico, apropiarse de sus recursos energéticos, controlar los corredores comerciales y cercar a las potencias ascendentes de Rusia y China. Cada sanción económica, cada sabotaje, cada campaña mediática que pretende “defender a las iraníes” forma parte de ese cerco imperial que destruye economías, fomenta la guerra y pretende mantener la hegemonía del bloque atlántico.

Pero que el imperialismo utilice el sufrimiento de las mujeres iraníes no absuelve al régimen de su opresión patriarcal. El feminismo materialista no acepta chantajes: denuncia simultáneamente el ataque externo y la dominación interna. Rechaza el bombardeo tanto como la cárcel moral.

La actual maniobra iraní refleja, por tanto, un doble chantaje. El Estado las usa como bandera de legitimidad religiosa y nacional; las potencias extranjeras, como instrumento de propaganda y desestabilización. Entre una y otra pinza, las mujeres iraníes trabajan, estudian, resisten, se rebelan y sobreviven. Su lucha no necesita intérpretes occidentales, sino solidaridad internacionalista, la que reconoce que no hay emancipación posible bajo bombardeos ni bajo leyes patriarcales.

Conviene recordar que la emancipación no consiste en poder mostrar el cabello en ciertas avenidas de Teherán, sino en no ser vigilada, castigada ni utilizada como símbolo por ningún poder. Mientras el artículo 638 siga en vigor, ninguna mujer iraní es libre, aunque algunas puedan caminar sin velo sin ser detenidas. Y mientras el país siga asediado por la guerra y las sanciones, la tentación autoritaria se mantendrá viva: el Estado siempre podrá reactivar la represión en nombre de la seguridad nacional.

Desde una perspectiva feminista materialista, no basta con aplaudir la “tolerancia” ocasional de un gobierno ni con denunciar la injerencia extranjera. Hay que mirar las condiciones materiales de existencia: salarios, vivienda, derechos laborales, acceso a la educación y a la salud. Sin esas bases, cualquier libertad simbólica es efímera. El poder puede permitir cabellos al viento, pero seguirá controlando las vidas por otros medios.

Lo que hoy se vende como victoria es, en realidad, una tregua táctica. Una válvula de escape en una caldera que acumula presión social y política. El régimen iraní ha entendido que necesita a las mujeres —su trabajo, su obediencia, su silencio— para sostener la economía de guerra y la narrativa de resistencia. Por eso les concede aire, pero no poder. Y el feminismo, si quiere ser revolucionario, debe recordarle al mundo que la libertad no se mendiga ni se delega: se conquista, se construye y se defiende en todos los frentes, contra todos los opresores.

Cuando el ruido mediático se apague y las cámaras se marchen, quedará la realidad material: un Estado que todavía castiga la desobediencia, un Occidente que instrumentaliza, y unas mujeres que, pese a todo, siguen luchando.

Son ellas quienes están haciendo historia.

Lidia Falcón – Presidenta del Partido Feminista de España

Madrid, 27 octubre 2025.

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Lidia Falcón O’Neill es autora de numerosos artículos, que pueden consultarse en la siguiente dirección