Por PFE

Ser mujer en las cárceles de España

La mitificación, tan profunda y largamente potenciada por todos los mecanismos de información sobre la débil papel de la hija, la esposa y la madre, no ha significado obstáculo alguno para que, al menor signo de rebeldía, individual o colectiva, contra la explotación, la marginación o el desprecio institucionalizados ya en nuestro país, la represión hiciera presa en la mujer con especial crueldad.

Esta represión puede clasificarse en dos grandes grupos: por razón del delito cometido y por razón de la especial situación de la mujer durante la detención y la cárcel.

Por razón del delito, la legislación española establece una clara distinción en perjuicio de la mujer, respecto a una serie de conductas relacionadas directamente con la moral sexual establecida.

Así, el Código Penal castiga como adúltera a la mujer que ha tenido una única relación sexual con otro hombre que no sea su marido, mientras que para que éste sea culpable de amancebamiento es preciso que mantenga a la concubina en el domicilio conyugal o notoriamente fuera de él.

La persecución del aborto ha hecho ingresar en todas las cárceles españolas al treinta por ciento del total de la población penitenciaria femenina.

La prostitución, prohibida desde el año 1956, constituye en España un saneado negocio para cafeterías, hoteles, moteles y bares, regentados por toda clase de proxenetas. Pero en prisión ingresan cada año las víctimas del comercio: mercancía barata, deshechada, enferma, que deben cumplir sanciones de privación de libertad por tiempo que oscila de cuatro meses a tres años.

LA REPRESIÓN SEXISTA

De dieciséis mujeres recluidas en el hospital penitenciario de Madrid, quince eran víctimas exclusivas de la represión sexista. Varias prostitutas, cuatro toxicómanas, una suicida, dos comadronas especializadas en abortos, una joven soltera que se había practicado a sí misma el aborto sin consecuencia alguna, y la que había abandonado al marido, imposibilitada de romper el vínculo que la encadenaba a un hombre borracho que la golpeaba continuamente.

Por razón de su sexo, la opinión pública las ha abandonado en el más indiferente anonimato. Nadie conoce dónde se hallan situadas las prisiones femeninas, nadie recuerda que en ellas se almacenan las miserias y los dolores de cientos de mujeres que soportan el encierro sin apoyo económico ni moral alguno. Que son maltratadas y despreciadas sin indulgencia alguna sexista. En las prisiones, las mujeres que ingresan embarazadas, aun sin saberlo, deben obligatoriamente llevar a término el embarazo, sin que razones físicas o psicológicas induzcan al ningún médico a permitirles el aborto.

Dan a luz en las condiciones sanitarias más precarias y vuelven a la celda con el recién nacido al que deben atender con todo cuidado, so pena de nuevos castigos. Así se han reunido madres en prisión con uno, dos y tres hijos menores de tres años, a los que deben alimentar, vestir y limpiar con las raciones obligatorias suministradas por la administración de la cárcel.

Al dolor de ser madres ¡quién habla de anestesia o de parto sin dolor! Se agrega el de ver crecer esmirriados y anémicos a los hijos, o de enterrarlos rápidamente víctimas de la última epidemia, mientras continúan cumpliendo la condena que ninguna de estas condiciones atenúa. Ninguna prisión de hombres, a pesar del mayor número de los reclusos, reúne tan gran cantidad de miseria y sufrimientos como cualquiera de las secciones de maternal de una sola de los centros penitenciarios femeninos.

Pero nadie recuerda sus nombres, nadie escribe su epopeya, porque la noticia, el reportaje, la historia, siguen escribiéndolos los hombres. La ayuda económica y moral se ha volcado siempre en las cárceles de hombres. Para ellos se han escrito los panfletos, se ha gritado en todos los idiomas la exigencia de justicia, de clemencia, de equidad. Por ellos se han hecho interpelaciones en los senados y en las cámaras. Por ellos se han desarrollado campañas de prensa y se ha levantado el clamor público a raíz de las denuncias solidarias.

Para las mujeres de las cárceles, de los manicomios y hospitales penitenciarios, de los reformatorios juveniles, de las prisiones especiales de prostitución y maternidad, nada. Basura arrojada al pozo de las condenas. La patria que las abandona, las prostituye y las explota como última clase social oprimida, las amontona en las prisiones tras un muro de silencio.

EN EL ESCALÓN MÁS BAJO

Las mujeres en prisión no mueven la política, ni la sociología, ni el arte, ni la literatura. En un escalón más bajo, más despreciable, más olvidado que el preso, está siempre la presa. En enero de 1975, la prensa española se dignó publicar la noticia de que un grupo de jóvenes había acudido a la prisión de hombres de Carabanchel, llevando obsequios el día de Reyes a los presos políticos. A la prisión de mujeres no se acercó nadie.

Se ha dicho que el menor número de mujeres delincuentes, de presas políticas, respecto a sus compañeros masculinos, es lo que ha provocado la indiferencia y el olvido. Pero nadie ha replicado que una sola detención injusta, un único caso de malos tratos a un hombre conmociona los medios de información del país. Sobre la opresiva situación del encierro y de los daños físicos, las mujeres padecen una especial represión por razón de su cantidad. Contra una población penal de seiscientos, de mil quinientos hombres, la dureza de los guardianes no puede ser extrema. Temen la cohesión de cientos de voluntades, de energías, de fuerzas físicas que pueden enfrentárseles con evidente superioridad numérica. Contra diez, veinte, doscientas mujeres a los sumo, el odio carga envalentonado. Sobre todo si se sabe impune.

Las últimas ventajas conseguidas en las prisiones de hombres no se han hecho efectivas hasta tiempos muy tardíos en las de mujeres. Para ellas se dan unas condiciones muy especiales represivas, y su voz es débil y su fuerza escasa. Detrás de los muros de las penitenciarias femeninas se ha tendido un impenetrable telón que las entierra.

Se cree vulgarmente, con indiferencia criminal, que la detención tiene las mismas características para un hombre que para una mujer. En un mundo masculino, todos los agentes de la represión son hombres. La mujer detenida, en igualdad de condiciones que el hombre, tendrá sobre sí, durante todas las horas de su detención, una mirada de hombre que contabilizará, con especial interés, las necesidades de su fisiología. En los calabozos de las jefaturas de policía no hay más retrete que un agujero en el suelo. Y el agente que la custodia la llevará hasta su puerta, y se quedará en el umbral, viendo por debajo de los batientes los pies de la detenida, e imaginando la dificultad de las posturas tan poco femeninas.

Esa mujer intentará no pedir papel, no salir al retrete, no ver la cara y la mirada de su vigilante. No indicarle cuándo su fisiología necesita sus servicios. Pero su carne, sus órganos, se dominan difícilmente y sólo durante cortos intervalos. En momentos precisos descargan su imperiosa vitalidad. Los ovarios no interrumpen su ciclo fértil; las más de las veces lo aceleran ante el tremendo choque de una situación impensable. Otras, controlados por los anticonceptivos en la vida civilizada, y ahora privados de la medicina reguladora, se desatan en hemorragia extraordinaria. Allí, en el calabozo, es imposible obtener un anovulatorio. La mujer está abocada a vivir todos los instantes de su destino de hembra, ante la custodia de los hombres.

En las cárceles de mujeres el director es un hombre, el subdirector es un hombre, el cura es un hombre, el médico es un hombre. Los guardias civiles, los policías armados, son hombres. Los fontaneros, los albañiles, los carpinteros, son hombres

MATERNIDAD EN LA CÁRCEL

Cárcel de Yesería - Vindicación Feminista N1 - Vindicación Feminista N1

Cada sección de la cárcel guarda celosamente a sus protegidas. Si éstas son madres, la vigilancia será mucho más estricta. Una madre sólo se debe a su hijo, ¿y dónde cumplir mejor tan amoroso papel que en la prisión de mujeres donde no se tiene nada que hacer? Su horario estará dividido. Actividades todas que realizará en la celda. El niño no puede estar solo ni un minuto.

¿Tiene derecho la madre a pasear, a leer, a ir a la escuela, a charlar con otras presas? ¿Tiene derecho a ver la televisión, a acudir al economato, a jugar en el patio? Quizá sí, pero mientras, ¿quién cuidará de su hijo? ¿Acaso creerá que la cárcel es un club de sociedad? Para evitar las ausencias, el andar constante de un departamento a otro, alguna funcionaria decide cerrar la puerta de las habitaciones… con la madre dentro. A la hora de los biberones los golpes atruenan el departamento. Más de una vez los niños han llorado de hambre, las medicinas no se han tomado a su hora, el agua de las bolsas de goma que sustituyen primitivamente a la incubadora, se ha enfriado y el niño también. Hambre que se traduce en raquitismo, frío en bronquitis. Pero las madres, quietas en su lugar.

Con la ropa mojada humeando en los radiadores, con los niños llorando en sus camas, con los biberones sucios oliendo a leche agria, con los pañales de las últimas cacas. Con las ventanas cerradas para que no se enfríe la tibieza animal de la habitación. Las mujeres sentadas en la cama, mirándose, oyéndose, odiándose. Por la envidia de la que recibe paquetes, pañales nuevos, cuando todo son harapos en sus cunas, en el cuerpo de sus hijos, en su cuerpo.

Cuerpo femenino, materno. Hinchado por el embarazo, sin faja, de pechos flácidos y colgantes, sin leche. De piernas moradas por las varices que no han sido previstas, de caderas desprendidas en el esfuerzo de un parto logrado a tirones, sin una dosis de anestesia. ¿Cuántas carnes han sido desgarradas con las tijeras en pleno espasmo para abrir la brecha que dará salida a la cabeza del feto? Y cosida después, aprovechando ya todo el dolor de una vez.

En la cárcel la madre ha de añadir a sus dificultades la supervivencia del hijo. Más jabón que comprar, más colonia, más papel, más ropa, más gasto para quien no tiene nada. A quien el encierro supone la total miseria. La prisión no da más que la comida gratis. Ni ropa, ni jabón, ni siquiera papel higiénico. Todavía hay algo peor que estar presa o ser pobre o estar enferma: ser pobre, estar presa y estar enferma. Con el parto y la lactancia y las grietas de los pezones y los dolores del postparto y las llantinas de un niño que no duerme, que tiene diarrea, que no come. En la cárcel. A cuestas con sus ovarios, con su maternidad, con su hijo, con su diarrea. En la cárcel. Más limpieza, más jabón, más leche, más comida. En la cárcel.

Pobre, enferma y presa. Con su hijo. Con ese hijo que el padre no conoce, que no sabe, aunque también él esté en la cárcel. Porque él no sabe de partos, de grietas, de leche, de dolores, de diarreas de niño, de más limpieza, y más jabón, y más leche. Aunque esté en la cárcel.

Cárcel sobre cárcel. Encierro sobre encierro. Con su maternidad y sus grietas y su limpieza y sus niños y sus diarreas.

Esta situación no es única en nuestro país, ni siquiera en países de régimen político fascista. La represión sexista se produce en todo aquel de estructura económica-social política machista: que son todos.

El tema a plantearse hoy es la relación de la mujer con el poder machista, porque si en nuestro país un día se estableciere un régimen democrático, igualmente dirigido por hombres, seguiría la represión contra la identidad femenina, como contra otras compañeras que viven en países llamados democráticos.

Cualquier reformismo está superado. Ha pasado la hora de las sufragistas.

Debemos entender que no se cambiará la estructura de dominio del poder machista porque se conceda la legalización del aborto, del divorcio o de la homosexualidad. Ni por denunciarlo podremos evitar la violación a los golpes.

Únicamente el triunfo de la revolución feminista puede modificar la relación de fuerza que existe entre el hombre y la mujer, y construir a partir de aquí el mundo nuevo que deseamos…

Ser mujer en las cárceles de España – Lidia Falcón / página 35

Artículo publicado en la revista Nº1 Vindicación Feminista – 1 de julio de 1976

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