Mientras las saharauis luchan, el PSOE se arrodilla: 50 años de traición a la autodeterminación
En 1976, mientras las tropas marroquíes invadían el Sáhara Occidental tras la retirada colonial española, las mujeres saharauis no se limitaron a resistir: tomaron el fusil, organizaron los campamentos de refugiados, educaron a sus hijos en medio del desierto y construyeron, desde la nada, los cimientos de una nación en lucha. En esas mismas semanas, la revista feminista Vindicación Feminista publicaba el imprescindible reportaje «Sáhara: Las mujeres luchan por su libertad», un testimonio vivo de cómo la liberación nacional y la emancipación femenina eran, para ellas, dos caras de la misma batalla.
Cincuenta años después, ese legado de dignidad y autonomía choca con la vergonzosa capitulación del Estado español. Ayer defensor retórico -aunque tibio- del derecho a la autodeterminación del pueblo saharaui, hoy España se arrodilla ante la narrativa marroquí, avalando como “solución factible” la propuesta de autonomía bajo soberanía extranjera, tal como exigen Estados Unidos y la OTAN. Ya no se menciona al Frente Polisario, ni al derecho internacional, ni siquiera a la palabra descolonización. En su lugar, acuerdos secretos, coordinación diplomática con Rabat en el seno del Consejo de Seguridad de la ONU y una política migratoria que niega incluso el estatus de apátrida a quienes huyen del Sáhara ocupado.
Mientras el presidente del Gobierno celebra “una nueva etapa” de cooperación con Marruecos, olvida que España sigue siendo, ante la ley internacional, la potencia administradora del Sáhara Occidental. Y que su silencio cómplice -su giro diplomático- no solo traiciona a un pueblo hermano, sino también a aquellas mujeres que, en 1976, creyeron que la solidaridad entre nosotras podía cambiar el mundo.
Leer hoy este artículo no es un ejercicio nostálgico: es un acto de memoria y de denuncia. Porque mientras España firma acuerdos que entierran el derecho saharaui a existir, las mujeres del Frente Polisario siguen resistiendo -en los campamentos, en la diáspora, en cada gesto de dignidad frente a la ocupación- exactamente como lo describió Soledad Balaguer hace medio siglo.
SÁHARA: LAS MUJERES LUCHAN POR SU LIBERTAD

Hace algunas semanas mis amigos del Frente Polisario me comunicaron que había muerto, en las líneas de combate, la primera mujer saharaui. No me contaron muchos detalles. Había sido en una escaramuza, en la avanzada de la guerrilla, en una lucha contra los marroquíes. Murió con el fusil en la mano, en el campo del honor. El comunicado terminaba con las breves palabras, consigna del Polisario: Con el fusil arrebataremos la libertad. Creo que este es el fin de una primera etapa en la lucha de las mujeres saharauis. Hasta ahora, luchaban por conseguir su total equiparación con los hombres de su pueblo. Ahora, por desgracia, ya lo han conseguido: las mujeres mueren, ellas también, luchando. Es la culminación de un proceso revolucionario que ha llevado la doble vertiente de la lucha por la libertad de un pueblo y la batalla por la liberación de la mujer.
UN PUESTO DIGNO
Si alguna mujer ha sido sojuzgada durante siglos, ésa es la árabe. La mera existencia de harenes, la imposibilidad de descubrir su rostro si no es frente a su dueño y señor, revelan por sí solas hasta qué punto la esclavitud de la mujer ha sido feroz. Pero ello no ha sucedido así, sin embargo, entre las tribus bereberes que componen la mayor parte de la población del desierto del Sáhara. La mujer saharaui ha tenido siempre una dignidad que es prácticamente equiparable a la europea.
Ni que decir tiene que las saharauis no se tapan la cara con ningún velo, y, al contrario de muchos de sus vecinos, son consideradas socialmente y tienen responsabilidades a su cargo. Los mauritanos, por ejemplo, nunca dejarán que una mujer cuide de los rebaños -el bien más precioso-, mientras que normalmente son las mujeres saharauis las que se encargan de ello. Las tribus se agrupan en razón de su parentesco, pero éste viene determinado, ora por el hombre, ora por la mujer. La mayor parte de las veces, las familias saharauis son monógamas. Según algunos expertos, ello se produce porque se supone que los bereberes son descendientes de antiguas poblaciones procedentes del norte de África, en las que el cristianismo penetrara en aquellas tierras. Según otros, la monogamia viene determinada por el hecho de que el tipo de vida, muy duro, del desierto, no permitía que un solo hombre tuviera que hacerse responsable de varias mujeres, con lo que ello implica de mayor cantidad de niños que nacen y deben alimentarse. Aunque los bereberes practicaban la religión mahometana, lo que les permitiría la poligamia, normalmente, al casarse, la mujer exige en el contrato matrimonial una cláusula por la que el marido se compromete a no tener ninguna otra mujer.
La estructura familiar de las tribus saharauis es mucho más amplia que la típica familia europea. Ello simplifica, en mucho, las relaciones matrimoniales y la educación de los hijos. Éstos son educados en común, entre los diversos miembros de una familia -un patriarca con todos sus hijos, los hijos de éste, los hermanos de los hijos, los cuñados con sus propios hijos, etcétera-. Ello supone dos grandes avances:
En primer lugar, la mujer saharaui no tiene ese síndrome maternal por el cual la mayor parte de nosotras, las europeas, nos sentimos culpables si no nos pasamos el día con nuestros hijos, con complejo de mala madre. La cuestión, para ellas, es que el niño esté bien cuidado, y eso es capaz de hacerlo cualquier hermana, amiga o vecina que se preste. Los niños, por su parte, al vivir en una comunidad familiar amplia, no precisan del cariño constante de su madre específica. Las relaciones son más naturales, menos estructuradas que en Europa, y ello proporciona niños alegres, expansivos, sin problemas.
En segundo lugar, esta misma relación familiar amplia destrauamatiza el proceso de divorcio. En la actualidad, según las leyes saharauis, sólo el hombre puede pronunciar divorcio contra su mujer. Sin embargo, la mujer puede dejar al marido e ir a casa de sus padres, con sus hijos, sin que por ello sea penalizada. Cuando una mujer decide no volver con su marido, normalmente, éste, sin ningún tipo de pega legalista, decide divorciarse de ella, con el sentido común de que un matrimonio se rompe cuando las cosas no funcionan bien entre la pareja. Los niños, acostumbrados a una célula familiar de las características descritas, no pasan ningún tipo de trauma: su entorno apenas cambia, al faltar el padre del hogar -normalmente los niños se quedan con la madre- no falta una pieza esencial e insustituible: el padre es sólo uno más en el conjunto tribal.
No todo, sin embargo, es de color de rosa para las mujeres saharauis. Normalmente, la mujer debe guardar silencio si el hombre no le invita a hablar; no suele comer nunca con los hombres, sino que come aparte, y lleva una vida en la que la separación de sexos es prácticamente total: las mujeres hacen, juntas, una serie de cosas, los hombres hacen otras, y esas funciones no suelen ser mixtas si se mezclan en la vida diaria. La lucha por la libertad, en principio, fue llevada por los hombres. Pero muy pronto las mujeres tomaron, ellas también, su parte activa. Y llegaron a constituir la base magnífica para la subversión.
HACER PASTELES, HABLAR DE POLÍTICA

Desde que España tomó el Sáhara como colonia -a principios de este siglo-, los saharauis consideraron que aquello era algo a lo que los españoles no tenían derecho, puesto que aquella era su tierra, su país. Sin embargo, el típico fatalismo islámico les hacía soportar el colonialismo como un mal inevitable del que sólo Dios podía librarles. «Nos parecía que estábamos condenados a coexistir con los españoles, sin poder hacer nada para evitarlo», me decía un militante del Frente, mientras charlé con ella, en Argel, después de un mitin pronunciado ante miles de mujeres argelinas para recabar su ayuda para la lucha. Sin embargo, las condiciones objetivas de la colonización -que llevó a muchos saharauis a verse obligados a permanecer en el interior, mientras la potencia colonial explotaba las riquezas costeras-, la discriminación existente entre saharauis y colonos, la falta de trabajo que obligaba a emigrar, al tiempo que numerosos españoles ocupaban puestos por los que eran pagados con cantidades muy superiores a las normales, la falta de una enseñanza que les pudiera ser útil como hombres del siglo XX, todo ello fue potenciando la conciencia de nación del pueblo del Sáhara, que veía cómo en todo el continente africano la tierra volvía a pertenecer a los que habían vivido en ella desde siempre. La cesión de la zona de Tarfaya, en el norte del país, a Marruecos, para evitar que Marruecos reclamara las plazas de Ceuta y Melilla, fue la primera chispa. Tarfaya era claramente saharaui, nunca podía ser marroquí. Como contrapartida, el gobierno español declaró que el Sáhara era una provincia más. A partir de entonces, se crearon incluso dos institutos de enseñanza media -en El Aaiún y Villa Cisneros- para que los nuevos provincianos pudieran ir a la escuela, como sus compatriotas de la Península. Corrían los años 67/68. El ambiente en la provincia no era el deseado, hasta el punto de que el gobierno declaró materia reservada toda información sobre el Sahara. En 1970, una manifestación espontánea de adhesión a España terminó con varios muertos: nacionalistas saharauis se opusieron a la manifestación, hubo disparos… Muchos fueron detenidos, de alguno no se supo nunca más nada. Al día siguiente empezó la organización clandestina de lo que después iba a ser el Frente Polisario.
Al día siguiente de la represión, las esposas de los nacionalistas empezaron también su campaña. Poco a poco, iban reuniendo a las mujeres de su calle, de su barrio. Se intercambiaban recetas, chismorreaban… la excusa era trivial. Reunidas las mujeres, la conversación derivaba a los problemas cotidianos: sueldos bajos, precios altos, los niños enfermos, la asistencia médica que no funcionaba, la discriminación en la escuela… al final, sin darse cuenta, las mismas mujeres caían en la cuenta de que las cosas serían distintas si fueran ellas las que organizaran su propia vida. De allí a tener nuevas adeptas a la causa nacionalista no había más que un paso. De vuelta a sus casas, las mujeres hablaban con sus maridos, muchos de los cuales trabajaban con los españoles. Poco a poco, la idea se abría paso también entre ellos, quienes, a su vez, la exponían a sus compañeros. Se daban cuenta de que todos coincidían en las mismas ideas, ello les daba fuerza en sus convicciones… la mancha de aceite crecía.
Pronto la organización se hizo de forma muy seria. Había células, uniones según las distintas profesiones. Las mujeres se organizaron en uniones específicamente femeninas y pronto pasaron a tener funciones propias de ellas. Las manifestaciones pidiendo agua, escuelas, mayores salarios fueron organizadas por y con mujeres. Las pintadas nacionalistas en las paredes de El Aaiún, la distribución de propaganda clandestina fue hecha sobre todo por mujeres.
Por dos razones principales: en principio parecía que las mujeres eran más respetadas, menos maltratadas, en razón de su sexo. En segundo lugar, la mayor parte de ellas eran amas de hogar, lo que significaba que no podían ser sancionadas con la pérdida de un empleo que significaría la miseria de la familia.
A partir de la primera acción armada del Frente Polisario -el ataque a un fuerte, en el desierto, en 1973-, las cosas cambiaron. La represión se hizo más dura, las acciones también. Una guerrillera que conocí en las zonas liberadas del desierto, tras la invasión marroquí, me contaba que había hecho saltar los depósitos de gas de la empresa Atlas, en El Aaiún, lanzando un par de granadas. Sólo una dio en el blanco; de haber tenido éxito la segunda, todo un barrio de la capital hubiera saltado, incluyendo a la guerrillera que me lo contaba…
Pronto las mujeres saharauis fueron represaliadas de la misma forma que sus compañeros los hombres. Poco a poco, pero de forma continua, los hombres nacionalistas debían huir a las montañas, refugiándose para salvar su pellejo y dejando a sus mujeres y sus hijos en las ciudades, en los oasis. Ellas sacaron adelante sus familias, continuando, por su parte, su lenta campaña de toma de conciencia.
Cuando se firmó el acuerdo tripartito, las tropas marroquíes entraron en unas ciudades cuya población estaba compuesta por ancianos, mujeres y niños. Tengo testimonios dignos de toda confianza que me aseguran que el genocidio fue atroz. Uno de los máximos responsables del Frente Polisario, Ahmed Baba Muske, antiguo embajador de Mauritania ante las Naciones Unidas, me dijo con toda la autoridad de su palabra que en una sola noche, en El Aaiún, quinientas mujeres fueron llevadas de sus casas para ser sometidas a interrogatorio. A la más mínima sospecha de nacionalismo, eran salvajemente torturadas, si no muertas. Muchas de ellas fueron degolladas, violadas, torturadas salvajemente, muertas, expuestas desnudas a la vista de los soldados marroquíes. Muchos de sus niños fueron asimismo muertos ante sus propios ojos. Otros, mayores, fueron secuestrados y llevados a lugares desconocidos. Hay noticias concretas de que varias mujeres embarazadas fueron muertas al abrirles el vientre con un cuchillo. En la Güera, la aviación marroquí bombardeó la población civil, causando innumerables bajas entre ellas. La Cruz Roja confirmó, asimismo, el posterior bombardeo con napalm de un campo de refugiados, habitado esencialmente por mujeres y niños. El genocidio, según fuentes próximas al Frente Polisario, existió realmente, y se concretó sobre todo en el asesinato y tortura de mujeres y niños.
SOMOS PRIVILEGIADAS: LA REVOLUCIÓN DEL PUEBLO GARANTIZA LA REVOLUCIÓN FEMENINA
En la actualidad, la mujer saharaui constituye el cincuenta por ciento de la revolución, puesto que participa plenamente, con sus compañeros hombres, en el proceso de la lucha. Tienen a su cargo la mayor parte de la organización de los campamentos instalados en las zonas liberadas -es decir, no conquistadas por los marroquíes- que albergan, en la actualidad, a más de cien mil personas. Los campamentos de refugiados tienen comités de acogida para los que llegan, de intendencia, sanidad, cultura… son las mujeres las que se encargan de todo ello. Por otra parte, son ellas mismas las que se encargan de la mentalización de las masas en la causa del pueblo y viajan constantemente a las diversas poblaciones de Argelia, organizando mitines para recabar la ayuda material de los argelinos a su lucha. Ha habido pueblos que han llegado a dar la cuarta parte de sus cosechas. En fin, toda mujer, igual que todo niño mayor de diez años, está obligada a la instrucción militar y todas ellas pasan temporadas en el frente, donde pelean codo a codo con sus compañeros.
Estas mujeres son absolutamente conscientes de que tienen que llevar una lucha a dos niveles: por un lado, la liberación de sus propio pueblo. Por otro, su propia liberación en tanto que clase oprimida, su liberación femenina y feminista. Hablando con algunas militantes del Frente, me sorprendió ver su claridad en la exposición de sus ideas. Cuando les pregunté qué podíamos hacer nosotras las mujeres del Estado Español, por ellas, la respuesta fue escueta: «Debéis seguir en vuestra lucha por vuestra liberación como mujeres. Esa es la mejor ayuda. Nosotras también os estamos ayudando a vosotras, mientras luchamos por nuestra liberación. Somos conscientes de que estamos luchando por la libertad, por la desalienación de todas las mujeres del mundo. En cierto sentido, somos privilegiadas, puesto que tenemos una revolución que acelera el cambio, que permite conquistar para nosotras una serie de puestos que no nos serán arrebatados jamás».
Creo que comprendí mejor aquello cuando comprobé que aquellas mujeres se reunían con sus compañeros del Frente, se sentaban a la misma mesa, cenaban juntos, discutían acaloradamente. El tiempo de la comida aparte, de hablar con permiso del hombre, se había pasado. Y ya no volvería más. Otra de las conquistas recientes es la supresión de la dote, verdadero signo de compraventa. Tal como están las cosas, la dote se suprimió; mejor dicho, pasó a ser un signo de revolución: desde la invasión marroquí, la familia entrega a la novia, junto con un número de 20 de mayo, la revista del Frente Polisario… Los matrimonios se están fomentando a pesar de los tiempos difíciles: se trata de poder poblar, lo más rápidamente posible, la casi desierta extensión del Sáhara. Los saharauis siguen una política abiertamente natalista -y con ello ponen una lanza más en contra del imperialismo-, pero ello no parece representar ningún obstáculo para la liberación de la mujer: «Basta con disponer de los suficientes equipamientos sociales para que unas cuantas de entre nosotras cuiden de los hijos de todas», me dijeron.
La República Democrática del Sáhara parece que puede contar con una revolución hecha por todos. Las mujeres representan, exactamente, el cincuenta por ciento de la lucha. A todos los niveles.
Sáhara: Las mujeres luchan por su libertad – Soledad Balaguer / página 20 del pdf
Artículo publicado en la revista Nº1 Vindicación Feminista – 1 de julio de 1976
