Por PFE

El triunfo del nacional catolicismo

Después de cincuenta años de democracia y de ocho de gobierno socialista, aliado con unos grupitos que se proclaman a la izquierda del PSOE, estamos viviendo la olimpiada papal más exitosa que jamás habíamos tenido en España, ni siquiera en tiempos de la dictadura. Con el apoyo de todas las instituciones, gobernantes, partidos políticos y medios de comunicación públicos y privados, que han logrado la asistencia de un millón y medio de personas a la misa que León XIV ha celebrado en la plaza de Cibeles de Madrid.

Los reyes de España acudieron a recibir a Su santidad, como le llaman en titulares de prensa y televisiones, al pie de la escalerilla del avión, y con él y su séquito lo recibieron y halagaron en el Palacio Real, y en las diferentes visitas que ha realizado a organizaciones caritativas, reuniones de sectores sociales que han acudido, entusiasmados, a rendir pleitesía al representante de dios en la tierra, mostrando en todo momento su admiración y apoyo al papel que cumple en el mundo católico, del que España no se descuelga. La reina vestida de blanco, privilegio que otro papa concedió a nuestro país por nuestro reconocido vasallaje al Vaticano y la entrega a los principios de la Iglesia, durante siglos.

Las hijas de los reyes, en cambio, visten de negro como es obligatorio a las mujeres, según el protocolo del Vaticano- se supone que en el interior de su palacio-, consigna que han cumplido obedientes y satisfechas también las ministras socialistas, embelesadas ante la presencia del pontífice. El gobierno no acudió a la misa de Cibeles, excepto la ministra de Educación, que por algo se llama Milagros. Y pierdo toda confianza en la educación española con semejante ministra.

Todas las mujeres que pertenecen a la cúpula del gobierno más de izquierda de nuestra historia, esperaron, entregadas a su tarea, púdicamente vestidas de negro, a que llegara León XIV a los diferentes eventos. Allí estaban, en fila, modosas y felices, como las alumnas del colegio de monjas al que asistieron y las domesticó de niñas, esperando a la madre superiora. La Celaá, María Jesús Montero, responsable nada menos que de Hacienda, la Milagros y hasta  Yolanda Díaz, presidenta de la formación revolucionaria Sumar, que nos prometió un futuro maravilloso cuando ella gobernara.

Diputadas, ministras, delegadas del gobierno, por supuesto la Presidenta del Congreso, algunas incluso que presumieron de feministas durante su mandato, le han mostrado al papa su admiración y reverencia, sumisas y prudentes, vestidas de negro para cumplir con el protocolo vaticanista. No sé si se han enterado de que este pontífice a quien tanto admiran se ha manifestado en contra el aborto y de la eutanasia, como le corresponde.    

Entre los numerosos encuentros el Papa reunió en la misma sesión al dirigente de la patronal y a los de los sindicatos Comisiones Obreras y UGT, cumpliendo hoy el montaje franquista del Sindicato Vertical, en el que la dictadura reunió a la patronal y a los representantes de los trabajadores, ya que todos tienen el mismo objetivo: trabajar por España.

Y como evento más importante y celebrado, el Papa se ha subido al estrado del Congreso de los Diputados para instruir a los representantes del pueblo español sobre lo que tienen que hacer para legislar y gobernar su país en aras de lograr la paz y ayudar a los más desfavorecidos. Invitados a esa conferencia estaban todos los diputados y dirigentes de partidos, y únicamente Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero no han asistido.

Los reportajes e informaciones transmitidas por la televisión pública han dado cuenta, con las expresiones alegres y admirativas de los periodistas, del entusiasmo con que toda España ha recibido, esperado y escuchado al sumo pontífice de la Iglesia católica, apostólica y romana, que ha tenido siempre en España a su más obediente y fiel parroquia.

Yo, que dada mi larga trayectoria vital, fui espectadora en mi adolescencia del Congreso Eucarístico de Barcelona, en 1952, en pleno franquismo, no recuerdo que los eventos, las misas públicas y los sermones con que nos obsequiaron curas y obispos, el papa de entonces no vino, llegaran a concitar tal número de espectadores ni que las informaciones -teniendo en cuenta que todavía no había televisión- fueran tan abundantes y repetitivas.

Las entrevistas televisadas han dado buena cuenta del entusiasmo y entrega que mostraba el pueblo español para contemplar lo más cerca posible a León XIV, que ha esperado largas horas bajo un calor infernal sus apariciones.

Todas las cadenas televisivas y radios de España han estado tres días pendientes de cualquier movimiento y declaración de su santidad, obviando la mayor parte de las informaciones nacionales e internacionales.  

  Cuando ya comenzada la Transición y aprobada la Constitución se eligió Presidente del gobierno a un descendiente de Calvo Sotelo, y Fraga Iribarne seguía siendo el más respetado y escuchado de los senadores, se difundió una historieta en la que Franco, resucitado para ver lo que pasaba en España después de su desaparición, comentaba: “De haberlo sabido habría convocado elecciones”. Más arrepentido estaría hoy de no haberlo hecho, aunque quizá hace medio siglo no habría dado el mismo resultado. Porque ha hecho falta que hayan desaparecido las generaciones que defendieron con entusiasmo a la II República y que crearon unos sindicatos de clase cuya lucha mantuvo en vilo a la dictadura durante cuatro decenios. Franco entusiasmado estaría hoy y con él todos los obispos que le apoyaron durante cuarenta años. Por fin el triunfo del nacionalcatolicismo.  

 Hace medio siglo, cuando también exultantes de júbilo los componentes de la casta política aprobaron la Constitución de 1976, que proclama que nuestro país es aconfesional, no sé si imaginaron el éxito del representante vaticanista medio siglo más tarde, con el apoyo de los gobernantes, partidos y medios de comunicación de izquierda (o por lo menos ellos así se identifican hoy).

Únicamente querría recordar a Pedro Sánchez y su gobierno, que los ateos también pagamos impuestos, pero no precisamente para obsequiar y reverenciar al Papa, mientras conocemos las carencias que padecen nuestros servicios fundamentales.

Porque no sé si nuestros lectores saben que los fastos organizados para recibir al máximo representante de la Iglesia católica han costado catorce millones de euros. Mientras los profesores están en huelga y la sanidad tiene unas carencias que no se suplen. Lo que a los socialistas y a los representantes de esas formaciones políticas que se consideran revolucionarios no parece importar.

  Lo que sí les ha importado es no faltar a ninguno de los eventos a los que han sido invitados, ellas vestidas como ordena el protocolo vaticanista.

Esta es la España aconfesional y socialista de la que presumen nuestros gobernantes. Y ahora tendremos que volver a librar la batalla del aborto.

Lidia Falcón – Presidenta del Partido Feminista de España

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Lidia Falcón O’Neill es autora de numerosos artículos, que pueden consultarse en la siguiente dirección