Ni olvido ni perdón: 90 años de la gesta madrileña que el franquismo no pudo ganar por las armas

El próximo sábado 25 de julio, el asfalto de Madrid temblará bajo los pies de la memoria histórica. Esta convocatoria llega para remover conciencias con una verdad que aún escuece: Madrid no fue doblegada por las balas fascistas, sino sometida por la traición desde dentro.
Cuando la traición venció a la resistencia
La primera victoria, fue ganar las elecciones de 1936 por el Frente Popular, una coalición de izquierdas liderada por Manuel Azaña. La segunda fue mantener la defensa de Madrid y un frente de guerra durante tres años sin que el enemigo avanzara ni un metro. Se hizo sin oficiales, sin preparación, sin municiones, sin aviación, enfrentándose al ejército profesional fascista, armado por las potencias más poderosas del momento: Alemania e Italia, que utilizaban los bombardeos sobre la población civil como método para amedrentar, una práctica inédita hasta entonces.
Si los envíos de armas pagados con el oro de la República -que los vendedores ya no fiaban ni aceptaban billetes de banco- no hubiesen sido prohibidos y boicoteados por los gobiernos francés y británico; si la intervención alemana e italiana hubiese sido impedida por aquel falaz Tribunal de No Intervención; si se hubiera evitado el envío de armas desde los países fascistas y los bombardeos de la aviación alemana sobre las ciudades españolas; si, finalmente, la traición de la Junta de Casado no hubiese entregado Madrid a las huestes fascistas -y solo la traición consiguió abrir las inexpugnables puertas de la ciudad que los madrileños defendieron tres años contra todo pronóstico y contra toda posibilidad humana, sin pensar en ningún momento en la rendición-, ni la República ni el pueblo español habrían caído bajo el horror fascista, y con ellos todos los pueblos de Europa.
La complicidad europea: el abandono de una democracia
En los foros europeos, donde nos traicionaron cínicamente, se debatía no intervenir en la guerra de España, es decir, abandonarnos a la matanza fascista y nazi para contentar a Hitler y a sus aliados, ante quienes no deseaban enfrentarse. El argumento, ya conocido, de que era un combate interno español y la ficción de que ambas partes eran iguales -esa ficción que sirve para entregar indefenso al débil a los pies de su verdugo- configuraron el discurso de no intervención y la traición de los supuestos aliados: los socialistas franceses y los conservadores británicos.
Si se perdía la Guerra Civil española, se desencadenaría otra aún más extensa y terrible. El peligro fascista debía detenerse en España. Si los gobiernos europeos hubiesen apoyado la lucha de la República, la Segunda Guerra Mundial, con todos los horrores que provocó, no se hubiera producido.
Las mujeres que sostuvieron Madrid
En esta épica, un lugar central y durante demasiado tiempo silenciado lo ocuparon las mujeres. Sin ellas, afirmó la historiadora Carmen García Nieto, «no se puede entender la defensa ni la resistencia«. Fueron frente y retaguardia: hicieron cola para coger las armas de los caídos en combate, formaron brigadas de choque, construyeron refugios y barricadas con pico, pala y con los mismos muebles que sacaban de sus casas. Trabajaron en canteras, fabricaron bombas, confeccionaron ropa y se organizaron espontáneamente para la lucha.
Julia Vigre, maestra y miliciana de las Juventudes Socialistas, lo resumió con la verdad de quien lo vivió: «las mujeres dieron su vida y su sangre por la defensa de Madrid, de la República y de la democracia».
Organizaciones como la Agrupación de Mujeres Antifascistas canalizaron esa resistencia, mientras nombres como los de Petra Cuevas, Juana Doña o la legendaria Rosario Dinamitera se escribieron con letras de fuego en la gesta popular. Tras la caída de la ciudad, la resistencia no cesó: las Trece Rosas, jóvenes militantes de las Juventudes Socialistas Unificadas, fueron fusiladas el 5 de agosto de 1939 en las tapias del cementerio de la Almudena por su actividad clandestina en Madrid. La prisión de Ventas, concebida en la República por Victoria Kent como centro modelo, se convirtió durante la dictadura en un «almacén de reclusas» y, al mismo tiempo, en una escuela de resistencia antifranquista femenina.
Precisamente, quien mejor puso en valor esta épica silenciada fue Lidia Falcón. En el prólogo a la segunda edición del libro Madrid (1938), escrito por su padre César Falcón, la reconocida abogada, escritora y presidenta del Partido Feminista de España reivindica el protagonismo absoluto de las mujeres en la gesta capitalina. Describe cómo estas rompieron «las cadenas que las habían tenido esclavas de una sociedad patriarcal» para luchar «con armas rudimentarias, con piedras, con agua hirviendo, con las uñas, con las que removían la tierra y acarreaban adoquines para las barricadas, impulsadas por la más profunda pasión». Y remata con una sentencia que debería grabarse en la memoria colectiva: «Sin las mujeres no se hubiera defendido Madrid de la forma en que lo hizo». Con la honestidad que la caracteriza, Falcón también señala una carencia en el relato de su propio padre: la omisión de las milicianas que empuñaron el fusil en los frentes, un olvido que ella misma denuncia y que nos invita a seguir completando la historia.
El testimonio de Juanita Corzo: el abandono de una heroína
Lidia Falcón ejemplifica esta injusticia con la historia de su tía, Juanita Corzo, secretaria personal de Dolores Ibárruri durante toda la República y la guerra. Durante seis años, Juanita estuvo a su lado en despachos y trincheras, pero cuando la cúpula comunista huyó en el último avión de un Madrid vendido a los fascistas, la abandonaron en los sótanos del metro organizando la resistencia. Fue presa, condenada a muerte y, tras ser indultada, pasó veinte años en prisiones franquistas. Al salir, vieja y enferma, se encontró en la calle sin amigos, sin familia y sin un solo reconocimiento del partido al que había servido con absoluta fidelidad. Dolores Ibárruri, en sus memorias, El Único Camino, le dedicó una sola línea de conmiseración. Falcón extrae la lección amarga: la ingratitud parece una conducta repetida de los dirigentes comunistas.
La deuda pendiente: desaparecidos, niños robados y olvido institucional
Han pasado noventa años desde el comienzo de aquel sangriento y exterminador conflicto. Hemos superado las etapas de la guerra, de la genocida posguerra, de la interminable tiranía de la dictadura, de la traicionera transición supuestamente modélica y hemos rebasado la cota de los cuarenta y cinco años de democracia. Sin embargo, nuestros héroes y heroínas -muertos en los campos de batalla, en la retaguardia de las ciudades, en los caminos de la huida, en las guerrillas de las montañas, en la resistencia antinazi, en los presidios de la patria, en el tajo y en la fábrica, esclavizados por la miseria y la represión, en los fusilamientos que se prolongaron décadas, en los asesinatos en los campos y en las plazas, consumidos por las enfermedades y el hambre en los presidios, perdida parte de la vida en las interminables condenas carcelarias, sacrificados en la lucha antifranquista durante cuatro décadas- no han obtenido ni un acto de justicia, de resarcimiento, de reconocimiento de su sacrificio, ni una indemnización para sus herederos por los terribles males que sufrieron.
Son más de trescientos mil los restos que permanecen desaparecidos, la mayor masacre cometida en Europa antes de la Segunda Guerra Mundial. El Comité de la ONU para los Refugiados ha reconocido que España es el segundo país del mundo, después de Camboya, con el mayor número de personas desaparecidas bajo una dictadura.
El robo de niñas y niños de presas republicanas -cuyo número se calcula en unos treinta mil- para entregarlos en adopción a familias franquistas o a hospicios, con el fin de reeducarlos y arrancarles la «mala simiente» de sus padres republicanos, fue otro de los crímenes sistemáticos. Estos secuestros no fueron secretos como en Argentina, sino públicamente organizados y defendidos doctrinalmente con el propósito de crear nuevas generaciones de ideología falangista.
La memoria traicionada: leyes insuficientes y negacionismo
No nos han pedido perdón ni han restablecido la justicia. Por el contrario, en estos últimos años hemos vivido la humillación de que un gobierno supuestamente socialista aprobara una llamada Ley de Memoria Histórica que hurta, hábilmente, ese reconocimiento y esa rehabilitación a quienes seguirán siendo víctimas del fascismo por toda la eternidad.
Así, los asesinatos de decenas, de centenares de personas en todos los pueblos de España -abandonados los cadáveres o mal enterrados en las cunetas o en fosas comunes-, las torturas cotidianas de los resistentes políticos en los locales de Falange y en las comisarías de policía, el robo de las niñas y niños de las republicanas encarceladas o simplemente pobres, los inicuos consejos de guerra con pruebas amañadas o inexistentes, las condenas interminables de prisión, las condiciones de exterminio de las abarrotadas cárceles, la pobreza que afligió con caracteres medievales a los trabajadores, las leyes que marginaron e invisibilizaron a las mujeres condenándolas a la servidumbre de los hombres, a la muerte civil: todo ha sido negado por los vencedores de la guerra durante cuarenta años y después matizado, dulcificado y falseado por una caterva de llamados historiadores como el nefasto Pío Moa, para confundir a las generaciones que no vivieron aquel genocidio. Por eso es posible también que no surja una rebelión potente, espontánea y ciudadana contra estas leyes de hoy sobre la Memoria Histórica que nos traicionan.
Ningún miembro de la familia Franco ha sido molestado para preguntarle por su implicación en la represión ni sobre el origen de sus bienes actuales. Ningún ministro franquista ha dado cuenta de su gestión. Ningún miembro de Falange ha tenido que confesar sus hazañas de los años treinta y cuarenta. Ningún cura ni obispo ha explicado por qué apoyaron la «Cruzada» ni qué hicieron con la infancia que se les confió para su educación, muchas arrancadas de los brazos de su madre.
El legado de la resistencia y la llamada a la acción
Bajo el estandarte eterno del «No pasarán», la manifestación del 25 de julio se erige como un acto de restitución histórica y como un aldabonazo ante el presente. En tiempos donde discursos fascistas recuperan terreno en las instituciones españolas, recordar que Madrid fue la tumba del fascismo no es un ejercicio de nostalgia, sino una declaración de principios. La memoria, en esta ocasión, no se negocia: se defiende en la calle, con la mirada puesta en el pasado pero los pies firmes en la lucha del futuro.
Todos los peores temores, los más negros presagios, el hundimiento de las esperanzas de libertad, igualdad y progreso que la República traía consigo se hicieron realidad. Y aún peor: la explotación económica de los trabajadores, la humillación de las mujeres, la perversión de la cultura, el desprecio de la ciencia y del progreso, la prostitución de la dignidad de los seres humanos, convertidos por las clases dominantes en meras mercancías, esclavos para proporcionar más beneficio al capital, estúpidos consumidores hoy de productos inútiles que engordan las arcas de los bancos, de las multinacionales, de las financieras; zombis que siguen las consignas repetidas por la televisión, ofendidos y contentos, indiferentes a las luchas del mundo, resignados sin orgullo.
La admiración del Partido Feminista de España
El Partido Feminista de España expresa su admiración por el pueblo español que sostuvo y resistió con heroísmo aquella infame guerra a que lo sometieron los Ejércitos fascistas -español, alemán e italiano- tolerada por todas las potencias «democráticas». La admiración que siente este partido por aquellas y aquellos que lucharon y cayeron es el reconocimiento a una gesta que, pese a los años transcurridos, sigue reclamando justicia, memoria y reparación.
Partido Feminista de España
Descarga el libro Madrid de César Falcón de 1938, con el prólogo que Lidia Falcón escribió para la segunda edición de este libro.
