Por PFE

La interseccionalidad: nueva trampa para la mujer

La Ley Trans y la disolución de la materialidad del sexo

El capitalismo ha logrado imponer en las leyes españolas la llamada Ley Trans. Lejos de servir para evitar la discriminación y la opresión que sufren las personas por su orientación sexual, ha penetrado en el discurso oficial para fomentar el individualismo extremo y hacer desaparecer la materialidad del sexo en la legislación, que es la base que condiciona las relaciones sociales de opresión.

El nuevo concepto y su función desmovilizadora

De nuevo, en nombre del progresismo, nos imponen un cambio en el lenguaje y nos incorporan un nuevo concepto: la «interseccionalidad» que se mezcla con el “feminismo blanco” usado como insulto. Con él se pretende explicar que hay mujeres que, por ser migrantes, sufren más violencia y opresión. Esta idea parte de la misma base que se utilizó para afirmar que los hombres que sufren disforia de sexo y modifican su apariencia para ajustarse a los estereotipos sexistas más machistas sufren más violencia que las mujeres.

Desvía la atención de la realidad material que afecta a las mujeres

Ahora, los dueños del sistema han creado otra ilusión de cambio mediante la «interseccionalidad» y para explicar la violencia hacia la mujer. Como todo buen truco de magia, desvía la atención de la realidad material que afecta a las mujeres desde hace siglos: la asignación de funciones sociales específicas, como la reproducción de la fuerza de trabajo y el mantenimiento de la vida.

El caballo de Troya de la jerarquía de opresión

Esta asignación no es natural, sino política y, por tanto, puede y debe ser transformada. Precisamente para evitar esa transformación radical, el poder introduce este nuevo caballo de Troya de la interseccionalidad y el feminismo blanco/clásico con el objetivo de que las mujeres disputen entre sí una jerarquía de opresión, midiendo si el color de la piel, el origen o el idioma hacen que unas sean más explotadas que otras. Este falso debate oculta la base material común: la violencia machista es un mecanismo de control patriarcal que, si bien se ceba con mayor crudeza, sistematicidad y letalidad en la clase trabajadora y en las mujeres pobres -tal como analizó Engels al vincular la opresión femenina con la propiedad privada-, no concede inmunidad alguna por capital económico. Ninguna mujer, por mucha riqueza que acumule, tiene garantizada su libertad frente a una violencia cuyo fundamento es la dominación de clase sexo y no la mera condición económica.

Estadísticas diseñadas y realidades ocultadas

La interseccionalidad, junto con las estadísticas y encuestas en las que se apoya, ignora factores como la cultura o la religión, así como el nivel económico real de las mujeres. Los datos proceden de encuestas diseñadas para obtener resultados predefinidos, obviando siempre la condición material de la mujer como clase social y económica, culturalmente diferenciada de las clases masculinas.

A quiénes se olvida

La interseccionalidad y la clasificación de feminismos blanco/clásico olvida convenientemente a las mujeres y niñas del este de Europa que han sido prostituidas, asesinadas, explotadas, vendidas y humilladas; a las mujeres europeas asesinadas cada día por hombres; a las mujeres empobrecidas tras cuidar y criar a la ciudadanía de sus países para sostener este sistema capitalista; a las mujeres con pensiones miserables condenadas a trabajos precarios y no regulados; a las niñas que enfrentan un mundo cada vez más sexualizado y estereotipado y al tráfico sexual que durante siglos se ha explotado a mujeres de piel clara.

Cultura, religión y clase: un triple yugo

También ignora la cultura y religión (musulmana, evangelista, judía…) de muchas mujeres que llegan a Europa, mayoritariamente procedentes de entornos mucho más machistas y con normas religiosas más severas y clasistas que las europeas. Si bien el bagaje cultural y normativo juega un papel, no opera de forma aislada: su impacto se multiplica exponencialmente por la pobreza y la falta de derechos.

Perfil de la migración femenina en España

La mayoría de la población migrante en España se emplea en sectores de baja remuneración (servicios, cuidados, agricultura), vive en situación de pobreza, irregularidad y aislamiento familiar impuesto por su cultura, religión y la clase dominante.

Limitaciones de los datos oficiales

Respecto a los datos oficiales, como la macroencuesta del Ministerio de Igualdad, aunque desglosan por nacionalidad y nivel de estudios, no distinguen entre subgrupos por ingresos, creencias religiosas ni origen geográfico específico. Tratan a las «mujeres extranjeras» como un bloque homogéneo, lo cual es una grave limitación. Persiste, además, la dependencia jurídica de muchas mujeres migrantes, vinculada a permisos de residencia que las atan a sus agresores, una situación que debe analizarse desde la necesidad de abolir el contrato privado que es la familia.

Una ley fallida y el miedo común

Tanto las mujeres migrantes como las españolas están solas frente a su agresor. La Ley de Violencia de Género es una ley fallida que no protege a la mujer ni a su descendencia, sin importar su origen. Todas las mujeres temen no ser creídas, sufrir discriminación o que las autoridades no comprendan su realidad, lo que las disuade de buscar ayuda.

También se olvida mencionar los siglos de lucha y sacrificio de miles de mujeres que consiguieron conquistar la igualdad formal en España, una igualdad aún cuestionada porque no hemos eliminado la violencia machista, los asesinatos de mujeres, la desigualdad salarial, las pensiones de miseria, los trabajos de cuidados no remunerados ni la crianza impuesta.

La generación de la ideología woke

Ahora, esas mismas maestras, luchadoras, políticas, abogadas y escritoras que durante décadas construyeron el pensamiento feminista son tachadas de fascistas o burguesas por las generaciones más jóvenes. Estas jóvenes manejan conceptos y argumentos aprendidos en las aulas universitarias -muchas veces en universidades privadas o mediante títulos de pago- donde se transmite la ideología woke impulsada por mecenas que, bajo una falsa apariencia progresista, sostienen un pensamiento profundamente misógino. En este marco, la realidad se niega y toda lucha colectiva se diluye en la experiencia individual, en cómo cada persona se siente frente al espejo de los estereotipos sexistas más reaccionarios.

Cada día llegarán más personas de países empobrecidos buscando oportunidades. A todas las une algo: si son pobres, serán explotadas laboralmente. Y a las mujeres se les ofrecerán salidas aún más precarias: los cuidados, la crianza y, en el peor de los casos, ser prostituidas.

Lo fundamental: la condición material de clase sexo

Si en nuestro análisis de la violencia hacia la mujer obviamos lo fundamental -la condición material de clase sexo- y añadimos otros ingredientes como la «interseccionalidad», solo entorpecemos y retrasamos las soluciones a las graves explotaciones y violencias que sufrimos por el hecho de ser mujeres. Los únicos beneficiados serán los de siempre: quienes mandan, esos pocos que se enriquecen con nuestro trabajo gratuito, mal pagado y no cotizado.

Feminismo marxista materialista: la abolición de la clase sexo

El feminismo marxista materialista no niega la dignidad humana de nadie. Busca nombrar con precisión las estructuras de opresión para poder destruirlas. Como escribió Lidia Falcón: «El feminismo es la teoría y práctica revolucionaria que tiene por objeto la abolición de la clase sexo».

Defender que las mujeres son una clase oprimida por su sexo no es «esencialismo»: es reconocer que la lucha contra el machismo exige transformar las relaciones materiales de poder sobre la vida femenina -la reproducción forzada, el trabajo doméstico no remunerado, la violencia sexual estructural-. Mientras disolvamos «mujer» en una categoría identitaria fluida, no podremos articular una lucha de clases capaz de abolir el patriarcado.

Emancipación material frente a disolución identitaria

La liberación de las mujeres no vendrá de redefinir quién «es mujer» ni de medir quién sufre más violencia, sino de abolir las condiciones materiales que convierten la vida femenina en un territorio de explotación. Como señalaron Marx y Engels, la emancipación de las mujeres es condición indispensable para la emancipación general de la humanidad.

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Lidia Falcón O’Neill es autora de numerosos artículos, que pueden consultarse en la siguiente dirección