Hiroshima: cuando el nombre del verdugo desaparece de la Historia
Parece que al Secretario General de la ONU le flaquea la memoria todos los 6 de agosto, cuando se recuerda el infausto hecho del lanzamiento de la primera bomba nuclear. Quizá tenga que ver con el futuro de sus prebendas dentro del organigrama mundial de favores corporativos. O puede ser simplemente por la edad.
Yo, que, a pesar de la mía, mantengo todavía buena memoria y que hace ya mucho tiempo fui apartada de todas las prebendas habidas y por haber de este miserable sistema capitalista, puedo recordar al mundo alto y claro quién fue el responsable de aquel crimen: los Estados Unidos de Norteamérica y su presidente Harry S. Truman, del partido demócrata.
No fue una catástrofe natural. No fue una fatalidad histórica. No fue una explosión cuyo origen permanezca envuelto en el misterio.
Fue una decisión política tomada por un gobierno, ejecutada por un ejército y justificada después mediante un relato que todavía hoy se sigue repitiendo con una docilidad verdaderamente admirable.
Lo extraordinario no es que el crimen se cometiera. La historia del capitalismo está escrita con sangre desde mucho antes de Hiroshima. Lo verdaderamente extraordinario es que ochenta y un años después todavía haya que recordar quién lanzó la bomba. El poder no se conforma con ganar las guerras; necesita también ganar la memoria.
Cada aniversario asistimos al mismo espectáculo. Discursos solemnes. Coronas de flores. Minutos de silencio. Declaraciones sobre la paz.
Llamamientos al desarme. Todo impecablemente organizado. Y, sin embargo, el sujeto de la acción desaparece. Se recuerda a las víctimas, pero se borra al verdugo. La bomba parece haber caído sola, como un meteorito desprendido del universo. Nadie la fabricó. Nadie la transportó. Nadie dio la orden. Nadie apretó el mecanismo que convirtió una ciudad llena de niños, ancianos, trabajadores y mujeres en un laboratorio del horror. No conozco mejor ejemplo del poder ideológico del imperialismo. Porque el imperialismo no consiste únicamente en controlar territorios, recursos naturales o mercados financieros. El imperialismo alcanza su máxima perfección cuando consigue colonizar el lenguaje con el que los pueblos recuerdan su propia historia. Cuando logra que el crimen sobreviva, pero desaparezca el criminal. Cuando transforma una decisión política en una fatalidad histórica.
Durante décadas nos enseñaron que Hiroshima fue necesaria para salvar cientos de miles de vidas estadounidenses. Era la explicación oficial. La única permitida. Quien osaba discutirla era acusado poco menos que de justificar el militarismo japonés. Sin embargo, con el paso de los años, la apertura de archivos y el trabajo de historiadores de muy distinta procedencia, aquella supuesta certeza ha ido mostrando todas sus grietas.
Sabemos que Japón estaba militarmente derrotado. Sabemos que sufría un bloqueo devastador. Sabemos que la entrada de la Unión Soviética en la guerra alteraba radicalmente el escenario estratégico. Sabemos también que dentro del propio Gobierno norteamericano existían posiciones distintas sobre la forma de obtener la rendición. No existe unanimidad entre los historiadores sobre cuál habría sido el desenlace sin Hiroshima. Lo que sí existe es un consenso creciente en rechazar la vieja simplificación según la cual solo había dos alternativas: lanzar la bomba o sacrificar centenares de miles de soldados en una invasión inevitable.
Cuando una explicación necesita repetirse durante ochenta años sin admitir preguntas, deja de parecer una explicación para convertirse en un dogma.
Hace muchos años discutí innumerables veces sobre estas cuestiones con Carlos París. Él no contemplaba la bomba únicamente como un arma. Veía en ella el símbolo de una forma de civilización. Su análisis no era técnico ni militar. Era filosófico y profundamente materialista. Nos advertía que la cuestión decisiva no era que la humanidad hubiera descubierto la energía del átomo, sino el hecho de que ese descubrimiento hubiera quedado subordinado a un sistema económico y político cuya lógica convierte cualquier avance científico en un instrumento de dominación si con ello preserva el poder y los intereses de quienes controlan la riqueza.
Aquella idea resulta hoy todavía más inquietante que cuando fue escrita. No vivimos amenazados por la física. Vivimos amenazados por el uso social y político que determinadas estructuras de poder hacen del conocimiento científico.
La ciencia permitió erradicar enfermedades que durante siglos parecían invencibles. La misma ciencia permitió alimentar a miles de millones de seres humanos. La misma ciencia abrió caminos extraordinarios para comprender el universo. Pero bajo una organización económica fundada en la competencia entre grandes potencias, en la acumulación ilimitada de capital y en la subordinación de la investigación a intereses militares e industriales, ese mismo conocimiento produjo también la posibilidad de destruir la civilización en apenas unas horas.
Carlos llamaba a eso «la civilización nuclear». La expresión conserva toda su fuerza porque desplaza el problema desde el artefacto hacia el sistema que lo hace posible. La bomba no cayó del cielo. La bomba fue la consecuencia lógica de un orden internacional donde el poder militar se convirtió en el garante último de la hegemonía económica.
Por eso Hiroshima no pertenece únicamente al pasado. Pertenece también al presente.
Vivimos una época en la que se habla con una frivolidad estremecedora de escaladas controladas, de armas nucleares tácticas y de conflictos limitados entre potencias atómicas. Los estrategas elaboran escenarios sobre mapas digitales mientras olvidan deliberadamente lo único importante: una guerra nuclear no sería una operación militar ampliada. Sería el fracaso definitivo de cualquier idea de civilización.
Quizá convendría que cada 6 de agosto, en lugar de organizar ceremonias tan impecables como inocuas, todos los parlamentos, todas las academias militares y todos los gobiernos proyectaran dos películas que conservan una capacidad de estremecimiento que ninguna superproducción reciente ha logrado igualar: The Day After y, sobre todo, Threads. No porque sean profecías infalibles, sino porque obligan al espectador a abandonar la comodidad de las abstracciones estratégicas y enfrentarse al verdadero significado de una guerra nuclear.
No hay héroes. No hay épica. No hay reconstrucción milagrosa.
Hay ciudades reducidas a escombros, hospitales incapaces de atender a nadie, niños muriendo por deshidratación, radiación, hambre y enfermedades, redes eléctricas desaparecidas, cosechas perdidas, instituciones deshechas y una sociedad que retrocede en pocas semanas a condiciones de supervivencia que ningún discurso patriótico puede embellecer.
Eso es lo que desaparece de los documentos estratégicos cuando se habla de «disuasión». Se habla de vectores. De cabezas nucleares. De capacidad de respuesta. De equilibrio. Nunca de seres humanos.
Y, sin embargo, el materialismo nos obliga precisamente a empezar por ellos. Por los cuerpos concretos. Por las mujeres que cargan con los hijos heridos.
Por los ancianos abandonados en hospitales sin electricidad. Por los trabajadores que dejan de ser fuerza de trabajo para convertirse en simples restos humanos atrapados entre ruinas radiactivas. La guerra no destruye únicamente edificios; destruye las condiciones materiales que hacen posible la vida colectiva.
La memoria de Hiroshima debería servir para recordar precisamente eso: que ninguna superioridad militar, ninguna rivalidad geopolítica y ninguna razón de Estado puede convertir el exterminio deliberado de población civil en un episodio moralmente neutro o históricamente inevitable.
El mundo atraviesa una etapa de enorme inestabilidad internacional. Existen conflictos en los que intervienen, directa o indirectamente, potencias con arsenales nucleares y el riesgo de errores de cálculo nunca puede despreciarse. Esa realidad exige precisamente más memoria, más prudencia y más responsabilidad política, no menos.
Por eso resulta tan significativo que, cuando llega el aniversario de Hiroshima, algunos prefieran recordar el sufrimiento sin nombrar al responsable del primer y único empleo de armas nucleares contra ciudades. Porque una sociedad empieza a aceptar la repetición de los crímenes mucho antes de que vuelvan a cometerse. Empieza cuando deja de llamar a las cosas por su nombre.
La paz no se defiende únicamente firmando tratados. También se defiende conservando una memoria incómoda, una memoria que no distinga entre vencedores y vencidos a la hora de exigir responsabilidades. Una memoria que recuerde que Hiroshima no fue el triunfo de la ciencia, sino la demostración de hasta dónde puede degradarse la inteligencia humana cuando el conocimiento deja de servir a la emancipación y pasa a estar subordinado a la lógica del poder.
Mientras ese día no llegue, cada 6 de agosto seguiremos asistiendo a la misma ceremonia: se llorará a las víctimas, se invocará la paz y, una vez más, habrá quien procure que el nombre del responsable quede cuidadosamente fuera del discurso. Y quizá esa sea la victoria más duradera del imperialismo: no haber lanzado la bomba, sino haber conseguido que el mundo aprenda a recordar Hiroshima sin pronunciar el nombre de su miserable verdugo.
Lidia Falcón Presidenta del Partido Feminista de España
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Lidia Falcón O’Neill es autora de numerosos artículos, que pueden consultarse en la siguiente dirección
