Guerra, genocidio y machismo: la mujer africana en la fase superior del capitalismo
Introducción: El imperialismo como marco de análisis
Para comprender la condición de la mujer africana en los contextos de guerra y genocidio, es imprescindible partir del análisis materialista de la historia reciente del continente: una historia marcada por la colonización, la explotación sistemática y la imposición de relaciones sociales y económicas subordinadas al interés del capital metropolitano. Como señala Rosa Luxemburgo en La acumulación del capital, “el imperialismo no es una política aislada, sino la fase superior del capitalismo, en la que la expansión territorial y la violencia estructural se convierten en mecanismos necesarios para la reproducción del sistema”.
Es en este marco donde la mujer africana sufre una doble opresión: como parte de la población colonizada y como mujer como clase. Lejos de expresar una supuesta “agresividad humana”, el imperialismo es un sistema económico y político que articula la dominación territorial con la acumulación de riqueza mediante la explotación de recursos, tierras y personas.
Contrariamente a las teorías que naturalizan la violencia como rasgo inherente a la condición humana -una visión que Lidia Falcón ha criticado con contundencia al señalar que “no existen los instintos en la conducta humana, sino relaciones sociales históricamente determinadas”-, la violencia en los conflictos imperialistas es organizada, instrumentalizada y sistémica. Responde no a impulsos biológicos, sino a la lógica de clase y al machismo que subyace al modo de producción capitalista.
Como escribió Lenin en El imperialismo, fase superior del capitalismo: “la lucha contra el imperialismo es vana si no se vincula a la lucha contra el capitalismo en su conjunto”. Añadimos, desde una perspectiva feminista marxista: también es vana si no se articula con la lucha contra el sexismo y la violencia hacia la mujer, pilares fundamentales del orden imperialista y del sistema de dominación patriarcal.
África saqueada: la violencia imperialista como guerra de clase y de sexo
La situación de violencia en África no puede entenderse como expresión de una supuesta “violencia endémica”, sino como la consecuencia directa de siglos de saqueo colonial, imperialismo y expansión del capital. Lo que se presenta como “caos” es, en realidad, la violencia estructural impuesta por un sistema global que ha convertido al continente en periferia del capital y en campo de experimentación de la dominación machista y clasista.
Numerosos países africanos viven inmersos en conflictos armados, crisis humanitarias, pobreza extrema, epidemias y colapso de los servicios básicos. El derecho a la salud ha sido sistemáticamente negado, especialmente a las mujeres, cuya vida se ve atravesada por formas específicas de opresión: violación como arma de guerra, mutilación genital femenina, esclavitud sexual, desplazamiento forzado y exclusión política. Estas no son “costumbres locales”, sino expresiones de un patriarcado entrelazado con el orden imperialista.
El bloqueo de la ayuda humanitaria es una táctica de guerra claramente deliberada. En 2021, Etiopía impuso un cerco absoluto sobre el Tigray. Hoy, el mismo mecanismo se aplica en Gaza, con el silencio cómplice de las potencias occidentales. La guerra moderna no se libra solo con bombas, sino con hambre, sed y enfermedad. Es una guerra de clase y de sexo: la población civil, y en particular las mujeres, son las primeras en pagar el precio.
Ejemplos concretos lo confirman:
En 2018, la República Democrática del Congo enfrentó su décimo brote de ébola en una zona asolada por grupos armados y saqueo de minerales. Más de 2.200 personas murieron, no solo por el virus, sino por la guerra contra la vida misma.
En Somalia, el 98 % de las mujeres han sufrido mutilación genital femenina -una práctica de control patriarcal, no cultural-, mientras el sistema de salud es el más deficiente del continente.
Sudán sufrió un genocidio en Darfur con más de 300.000 muertos. Sudáfrica vivió bajo el apartheid -sostenido por el capital británico y estadounidense- hasta 1994.
En Mali, Nigeria, Burkina Faso y otros países, los conflictos responden al control de recursos estratégicos: uranio, oro, petróleo, tierras raras.
El Informe Alerta 2022 documenta que África concentra 40 focos activos de tensión bélica, y que la violencia sexual contra mujeres y niñas se utiliza sistemáticamente como arma de guerra. Como escribió Rosa Luxemburgo: “la barbarie es la alternativa al socialismo”. La violación no es un exceso: es una herramienta de disciplina patriarcal y dominación colonial.
África no es pobre: es saqueada. Posee el 30 % de las reservas minerales del planeta. Francia, EEUU, Italia, China y Rusia compiten por su control. La OTAN, en su Cumbre de Madrid (2022), anunció la militarización del Sahel no para “proteger”, sino para asegurar intereses energéticos. Esta estrategia profundiza los conflictos, alimenta el fundamentalismo y criminaliza a la migración -una consecuencia directa de las guerras que el propio imperialismo genera.
En este proceso, las políticas impuestas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial desde los años 80 —los llamados “planes de ajuste estructural”— desmantelaron los sistemas públicos de salud, educación y protección social en decenas de países africanos. Estas medidas, disfrazadas de “ayuda”, forzaron la privatización de servicios esenciales, eliminaron subsidios agrícolas y destruyeron empleos públicos, afectando de forma desproporcionada a las mujeres, principales sostén de la reproducción social. El endeudamiento externo, lejos de ser una “ayuda al desarrollo”, se ha convertido en una cadena neocolonial que garantiza la subordinación económica del continente.
La mujer africana como clase: opresión, resistencia y transformación histórica
Después de este balance implacable, no podemos ignorar un hecho material indiscutible: sin las mujeres, el mundo se detiene. En África, las mujeres no solo sostienen la reproducción de la vida, sino que son el pilar de la economía popular, la subsistencia familiar y la resistencia social.
Según Manos Unidas, “millones de mujeres africanas propician, con su labor infatigable, el desarrollo de sus países. Son el motor económico de su familia”. Y como señala Elisa Kidané, aunque ostentan “récords negativos” en analfabetismo, salud y derechos, no son ignorantes: son mujeres conscientes que organizan y luchan, incluso cuando el sistema les niega la dignidad.
La opresión de la mujer africana no es atemporal. Antes de la colonización, en muchas sociedades, las mujeres tenían usufructo de la tierra, acceso a recursos y autonomía económica. La división del trabajo por sexo existía, pero no implicaba subordinación absoluta.
Fue el patriarcado occidental con el sistema capitalista el que impuso:
La propiedad privada,
La figura del “pater familias”,
La exclusión de la mujer de la producción agrícola moderna,
La relegación al hogar,
La negación de la alfabetización.
Los cultivos de exportación -café, cacao y algodón- fueron controlados por hombres bajo la lógica capitalista. A la mujer se la entrenó para servir, no para producir. Un informe de la Comisión Económica para África (1975) reconoció que la salida de las mujeres del campo desarticuló la economía comunitaria sin ofrecerles emancipación. En las ciudades, perdieron autonomía y cayeron en dependencia económica del hombre.
Hoy, las mujeres enfrentan una opresión múltiple:
Violación sistemática como arma de guerra, con embarazos forzados, estigmatización y expulsión comunitaria.
Mutilación genital femenina, como control patriarcal de la sexualidad.
Falta de agua, salud, educación, no por “subdesarrollo”, sino por despojo imperialista.
Rapto de niñas para esclavitud sexual o tráfico, porque el capital patriarcal las convierte en mercancía.
Matrimonio infantil, poligamia, embarazos forzados (hasta 30 o 40 partos), como formas de control reproductivo y económico.
Es fundamental destacar que, a lo largo de la historia, las mujeres africanas han sido protagonistas activas en las luchas de liberación y resistencia. Desde las marchas de mujeres en Nigeria contra la colonia británica en 1929 el “Aba Women’s War”, hasta la participación de mujeres en los Frentes de Liberación de Angola, Mozambique y Argelia, pasando por las activistas como Thomas Sankara, quien promovió políticas revolucionarias para la emancipación femenina en Burkina Faso, o Wangari Maathai en Kenia, ganadora del Nobel de la Paz por su lucha ecológica y feminista. Hoy, mujeres organizadas en colectivos, sindicatos y movimientos campesinos —como las del movimiento “Women of Zimbabwe Arise” (WOZA) o las mujeres tuareg en el Sahel— continúan desafiando al imperialismo, al patriarcado y al capitalismo desde sus territorios. Su resistencia no es anecdótica: es la base material de cualquier posibilidad de emancipación futura.
Algunas, en su lucha por sobrevivir, están siendo prostituidas, no por “elección”, sino por la violencia estructural del capitalismo. Alternan con actividades de venta de comida o pequeño comercios, logrando cierta autonomía económica, algo inédito bajo el colonialismo. Pero esta autonomía sigue siendo frágil mientras el patriarcado permanezca intacto.
La educación de la mujer -aunque con brechas (40 % frente al 60 % de los hombres)- reduce la mortalidad infantil, previene el VIH/SIDA y mejora la nutrición. Pero, como escribió Lidia Falcón: “La liberación de la mujer no es un asunto de concienciación, sino de transformación material de las relaciones de producción y reproducción”.
Conclusión: Solidaridad de clase, no asistencia humanitaria
Como sostienen las feministas marxistas desde Kollontai hasta Luxemburgo, la mujer no es un grupo, sino una clase social oprimida. Su explotación no es secundaria: es fundante del capitalismo. En África, esa opresión se agrava por el clasismo imperialista, que ve en la mujer africana no solo a una mujer, sino a una “otra” cuya vida vale menos.
La mujer africana no es una víctima pasiva, sino un sujeto histórico que resiste, organiza y lucha. No necesita “salvadores”, sino solidaridad internacionalista, justicia material y la destrucción del sistema que la oprime.
Y ese sistema tiene tres caras inseparables:
El imperialismo, que saquea tierras y recursos,
El capitalismo, que convierte la vida en mercancía,
El patriarcado, que disciplina, viola y somete a la mujer como clase.
Como denunció Lenin, “el imperialismo es el capitalismo en su etapa más parasitaria y sanguinaria”. Y como señaló Alexandra Kollontai, “sin la emancipación de la mujer como clase, no hay verdadera liberación humana”.
La lucha por la mujer africana es, por tanto, la lucha por el socialismo, la descolonización real y la destrucción del patriarcado. Porque, como dice el dicho que recorre los campos y barrios del continente: “Sin las mujeres, se cae el mundo”.
Juana Tenorio y Elena Vélez – Miembras de la Comisión Política del Partido Feminista de España
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Lidia Falcón O’Neill es autora de numerosos artículos, que pueden consultarse en la siguiente dirección
