Ni madres ni esclavas
La emancipación femenina y el rechazo a la maternidad
Hay una corriente de análisis bajo la crítica del «Posmocapitalismo», que denuncia con acierto cómo las élites financieras y aristocráticas han manipulado ideológicamente el feminismo contemporáneo, vinculándolo con la promoción de la diversidad familiar, el transactivismo y el antinatalismo, en una estrategia de destrucción creativa que se remonta al infame Informe Kissinger de 1974. Sin embargo, esta crítica, pese a su lucidez al exponer la injerencia de las élites, confunde dos planos que deben mantenerse escrupulosamente separados: la lucha legítima por la emancipación de la mujer y su secuestro mercantilista por el capitalismo.
Lo que se denuncia como «manipulación feminista» es, en realidad, la instrumentalización que las élites hicieron de conquistas históricas del movimiento feminista. El Informe Kissinger y las políticas demográficas posteriores vincularon explícitamente la reducción poblacional con la promoción del divorcio, el aborto, los anticonceptivos y la incorporación masiva de la mujer al mercado laboral, complementada con el desprestigio sistemático del trabajo doméstico y del cuidado del hogar. Pero estas reivindicaciones no nacieron como herramientas de control demográfico: nacieron como demandas de liberación de las mujeres, arrancadas tras décadas de lucha contra un sistema que quería mantenernos encadenadas a la maternidad obligatoria y al trabajo doméstico no remunerado. El capitalismo no inventó el feminismo: lo usurpó, lo vació de contenido revolucionario y lo convirtió en un instrumento de gestión de la fuerza de trabajo y de control demográfico.
El verdadero crimen es que el patriarcado y el capitalismo han mercantilizado a la mujer, explotándola y obligándola a dedicarse a los cuidados y a parir para crear, de forma gratuita, a los futuros trabajadores que el sistema explotará. Y esta lógica eugenésica se ha extendido más allá del control demográfico: ha sido utilizada para someter o exterminar a los pueblos que pudieran suponer un impedimento en la explotación de los recursos y la destrucción de la naturaleza.
La maternidad como subsidio al capitalismo y la sombra de la eugenésis
Se señala a figuras como Margaret Sanger o a las fundaciones Rockefeller y Ford como arquitectas de un plan para reducir la natalidad. Es cierto que estas élites financiaron la planificación familiar, pero no para «liberar» a la mujer, sino como un instrumento maltusiano y eugenésico.
El capitalismo descubrió que la institución familiar patriarcal era la máquina perfecta: obligaba a la mujer a realizar el trabajo de cuidados de forma no remunerada y a gestar a la siguiente generación de mano de obra explotable. Cuando el feminismo de clase y las mujeres obreras empezaron a exigir el control de su natalidad para no morir de agotamiento (como denunciaban las campesinas francesas del siglo XVII o las mineras del XIX), las élites adaptaron la herramienta a su favor.
La eugenesia del siglo XX y las posteriores políticas de control demográfico (como las impulsadas por la CIA, USAID o la ONU tras el Informe Kissinger) utilizaron los anticonceptivos y el aborto no para emancipar, sino para esterilizar a las poblaciones pobres, a las minorías y a los pueblos del Sur Global que resistían la extracción de sus recursos. La reducción de la natalidad en ciertos sectores y la importación de mano de obra en otros no es un «complot contra la familia», es la pura y dura gestión capitalista de los recursos humanos y naturales.
El capitalismo no necesita necesariamente «menos población» en términos absolutos; necesita población gestionable. La reducción de la natalidad no es un logro del sistema, sino una conquista histórica del feminismo: cuando la mujer ha dispuesto de herramientas, conocimiento y autonomía para decidir sobre su cuerpo, ha elegido mayoritariamente no ser madre o reducir drásticamente el número de hijos. Esta realidad desmonta el mito del «instinto materno», esa construcción patriarcal difundida durante siglos para obligarnos «voluntariamente» a parir y a asumir la esclavitud de los cuidados. Sin embargo, el capitalismo ha sabido aprovechar esta emancipación para empobrecer la vida de las mujeres y romper el tejido comunitario. Al mismo tiempo, importa mano de obra joven y flexible cuando la necesita, y abandona a las personas mayores a su suerte cuando dejan de ser productivas.
El sistema sustituyó la reproducción biológica y social de la comunidad por una reproducción logística de la fuerza de trabajo, manteniendo a la mujer atrapada entre la pobreza laboral y la carga de los cuidados, mientras se niega a invertir en soluciones reales como la socialización de los cuidados y la crianza o, irónicamente, la investigación en gestación artificial que libere a la humanidad de esta contradicción.
La guerra cultural: de la CIA al «transgenerismo»
Para entender cómo las élites logran que las propias mujeres defiendan sistemas que las oprimen, debemos mirar a la historia de la guerra cultural. La financiación y los apoyos que las élites globales otorgan hoy al «posmofeminismo» y al transactivismo, al individualismo feroz y a la deconstrucción identitaria responden a la misma estrategia de la Guerra Fría.
Es exactamente la misma táctica que utilizó la CIA al financiar y promocionar el expresionismo abstracto y las vanguardias modernas para destruir el realismo soviético. Mientras el realismo social buscaba mostrar la lucha de clases, la solidaridad obrera y la conciencia colectiva, el arte abstracto promovido por la agencia de inteligencia estadounidense fomentaba el individualismo, la subjetividad y el desarraigo.
Hoy, las fundaciones corporativas (como la Open Society) aplican esa misma ingeniería social al feminismo. Promueven un supuesto feminismo de élite, desconectado de la materialidad de la vida, que disuelve la solidaridad de clase en debates estériles. Este transgenerismo ataca la familia tradicional no para liberar a la mujer, sino para promover la diversidad familiar (el parentesco queer) como una forma de atomización social que convierte a los individuos en unidades aisladas, perfectos consumidores y trabajadores pobres sin red de apoyo comunitario.
El ejemplo paradigmático de esta usurpación es Sophie Lewis, teórica celebrada en círculos de la izquierda reaccionaria, el transgenerismo y la teoría queer por su supuesto «utopismo visionario». En su libro Full Surrogacy Now: Feminism Against Family (2019), Lewis propone el «comunismo gestacional» y la «subrogación total», imaginando un modelo donde el embarazo y la crianza sean procesos colaborativos desvinculados de la propiedad privada, con redes de parentesco expandidas y una distribución social del cuidado. A primera vista, esto podría parecer una radicalización de las ideas de Kollontai sobre la socialización de los cuidados. Sin embargo, se trata de una apropiación fraudulenta del lenguaje comunista para servir a los intereses del capitalismo.
Mientras Kollontai y el feminismo materialista buscaban liberar a la mujer de la esclavitud reproductiva mediante la colectivización real de los cuidados (con recursos públicos, infraestructuras sociales y el fin de la explotación capitalista), Lewis romantiza los vientres de alquiler, una práctica intrínsecamente explotadora que convierte a las mujeres vulnerables y pobres en mercancía al servicio de los deseos reproductivos de las clases acomodadas. Su «comunismo gestacional» no es comunismo en absoluto: es la extensión del mercado capitalista al territorio más íntimo de la mujer, disfrazada de lenguaje emancipador.
Además, su transgenerismo, que niega la materialidad del sexo biológico y lo reduce a una construcción social al servicio de la opresión, completa la obra de destrucción del feminismo como movimiento de liberación de la clase sexual oprimida. Cuando se borra la realidad material de las mujeres como seres sexuados con una biología reproductiva específica, se borra también la base material de su opresión y, con ella, cualquier posibilidad de emancipación real. No es casualidad que estas ideas sean celebradas por las mismas fundaciones corporativas que financian el posmofeminismo: ofrecen una apariencia de radicalidad mientras desmantelan los cimientos materiales de la lucha feminista haciendo pasar por feminismo lo que en realidad es patriarcado y convierten la reproducción en un nuevo nicho de mercado.
La familia: entre la servidumbre y la abolición
Frente a la nostalgia reaccionaria de la socialdemocracia, que pide «volver al hogar» y premiar a la mujer por su función reproductiva (tratándola, en el fondo, como ganado reproductor), el feminismo materialista y radical de pensadoras como Lidia Falcón ofrece una salida revolucionaria.
Como bien señala Falcón, la familia tradicional ha sido históricamente la institución más peligrosa para la mujer: el lugar donde tiene mayores probabilidades de morir asesinada y el espacio de su servidumbre eterna. La emancipación real es imposible si el trabajo doméstico y la crianza siguen dependiendo del «útero» y el sacrificio individual de la mujer.
Si al sistema capitalista, las élites y a la ciudadanía les preocupa tanto la «tasa de reemplazo» y el mantenimiento de la fuerza de trabajo, la respuesta feminista es clara y desafiante: que inventen el útero artificial. Es una ironía sangrienta que la medicina sea capaz de trasplantar corazones de cerdo a humanos, pero no invierta en la gestación ectogénica para liberar a la mujer de la imposición biológica. No lo hacen porque el capitalismo necesita que el trabajo de gestación y cuidados siga siendo gratuito y asignado por mandato divino o biológico.
La trampa de la «conciliación»: El espejismo nórdico y la idealización romántica de la maternidad
Ciertos sectores de la socialdemocracia responden con propuestas que, bajo una apariencia progresista, reproducen la misma idealización romántica de la maternidad que ha sostenido históricamente el patriarcado. Se habla de «autonomía familiar», de «corresponsabilidad» entre progenitores, de «revalorizar la crianza como actividad prestigiosa» y de intervenir en tres ejes: reducir jornadas laborales, garantizar ayudas económicas y «recuperar un marco de valores que otorgue prestigio a la institución familiar y a la maternidad».
Todo esto es una trampa. Es el mismo mandato patriarcal de siempre, pintado con colores progresistas. Se nos dice que la crianza debe ser «prestigiosa» y «valiosa», que ambos progenitores deben «querer» hacerse cargo conjuntamente, y que con unas cuantas ayudas y jornadas reducidas la familia florecerá. Pero esta visión edulcorada ignora la realidad material de las mujeres y se estrella contra los datos.
Los países nórdicos son la prueba empírica más contundente del fracaso de este modelo. Suecia, Noruega, Finlandia y Dinamarca llevan décadas aplicando exactamente estas recetas: permisos parentales generosos y compartidos, guarderías públicas subvencionadas, jornadas laborales reducidas, ayudas económicas directas por hijo y una cultura política que promueve activamente la corresponsabilidad. Son, objetivamente, los países del mundo que más han invertido en «facilitar» la maternidad y la conciliación. ¿El resultado? Un desplome de la natalidad sin precedentes.
La tasa de fecundidad en Finlandia pasó de 1,87 hijos por mujer en 2010 a 1,26 en 2023, una de las más bajas de toda Europa. En Suecia, cayó de 1,98 en 2010 a aproximadamente 1,45 en 2023. En Noruega, de 1,95 en 2009 a cerca de 1,40 en 2023. Incluso Islandia, que llegó a superar los 2,2 hijos por mujer en 2009, ha descendido a alrededor de 1,59. Estos países, que hicieron todo lo que la socialdemocracia propone hacer, no solo no han logrado mantener la tasa de reemplazo generacional (2,1), sino que se han hundido en tasas tan bajas como las de los países del sur de Europa que carecen de esas políticas.
¿Por qué? Porque la premisa de partida es falsa. Estas políticas asumen que las mujeres quieren ser madres y que lo que necesitan son «facilidades» para poder serlo. Pero la realidad es que, cuando las mujeres alcanzan niveles reales de educación, autonomía económica y libertad personal, muchas deciden libremente no ser madres o tener un solo hijo. No porque el sistema no les «ayude» lo suficiente, sino porque la maternidad, incluso en las condiciones más favorables, sigue implicando una carga física, emocional y existencial desproporcionada que recae sobre el cuerpo y la vida de la mujer.
Además, la «corresponsabilidad» es en gran medida una ficción. Incluso en Suecia, el país que más ha legislado para que los padres usen su cuota de permiso parental, los estudios muestran que las mujeres siguen asumiendo la mayor parte de la carga mental, la organización cotidiana de los cuidados, las noches en vela, las visitas al pediatra y la gestión emocional de la crianza. Los padres nórdicos «colaboran» más que en ningún otro lugar del mundo, pero la asimetría persiste porque no se puede legislar contra siglos de socialización patriarcal ni contra el hecho material de que es el cuerpo de la mujer el que gesta, pare y amamanta. La corresponsabilidad perfecta es un mito que sirve para hacer sentir culpable a la mujer que «no logra» que su pareja se implique lo suficiente, como si fuera un fracaso personal y no una consecuencia estructural.
Y hay una omisión aún más grave: estas políticas están diseñadas para un modelo de familia biparental que deja fuera a una realidad creciente. En los países nórdicos, entre el 20% y el 25% de las familias con hijos están encabezadas por un solo progenitor, y en la inmensa mayoría de los casos ese progenitor es la madre. Para estas mujeres, la «corresponsabilidad» no existe, la «autonomía familiar» es una broma cruel, y las ayudas económicas, aunque mayores que en otros países, nunca compensan la doble jornada de trabajo asalariado y cuidados en solitario. El discurso de la «familia como equipo» las invisibiliza por completo.
Lo que la izquierda no se atreve a decir es lo que Lidia Falcón lleva décadas gritando: la familia tradicional es la institución más peligrosa para la mujer, y ninguna cantidad de permisos parentales, cheques bebé o jornadas reducidas va a cambiar eso mientras se siga partiendo de la base de que la maternidad es el destino natural y prestigioso de la mujer. Lo que se necesita no es «fortalecer la familia» ni «recuperar valores que otorguen prestigio a la maternidad», sino socializar radicalmente los cuidados, como propuso Kollontai hace un siglo: que la crianza y el trabajo doméstico dejen de ser responsabilidad individual de las mujeres (o de las parejas) y se conviertan en una responsabilidad del Estado, con infraestructuras públicas reales, comunitarias y desvinculadas de la estructura familiar patriarcal.
Cualquier propuesta que hable de «revalorizar la maternidad» sin cuestionar por qué es la mujer quien debe gestar, parir y cargar con el peso principal de la crianza, no es feminismo: es patriarcado con subsidios.
La solución olvidada: Kollontai y la socialización radical de los cuidados
Frente al fracaso de todas estas falsas soluciones —el pronatalismo reaccionario de la socialdemocracia, el posmofeminismo de élite de las fundaciones corporativas, y la «conciliación» edulcorada de la izquierda nórdica— existe una propuesta que lleva más de un siglo esperando ser aplicada: la socialización radical de los cuidados de Alejandra Kollontai.
Kollontai, teórica bolchevique y primera mujer ministra de la historia (Comisaria del Pueblo para la Asistencia Pública en la URSS), comprendió algo que la sociedad contemporánea parece haber olvidado: la emancipación de la mujer es imposible mientras el trabajo doméstico y la crianza sigan siendo responsabilidades privadas, no remuneradas y aisladas en el hogar nuclear. No se trataba de hacer la familia «más justa» o «más igualitaria», sino de desmantelarla como unidad económica de cuidado.
Sus propuestas concretas, que siguen siendo el programa más avanzado de liberación femenina, se estructuraban en cuatro pilares:
Colectivización radical de la crianza: Kollontai proponía que el Estado y la comunidad asumieran la responsabilidad principal de la educación y el cuidado diario de la infancia mediante una red extensa y gratuita de guarderías, jardines de infancia, hogares infantiles y escuelas. El objetivo no era «quitarle» el hijo a la madre (como distorsionó la propaganda burguesa), sino evitar que la mujer tuviera que dedicar 20 años de su vida exclusivamente a la crianza por el simple hecho biológico de haber parido. La madre seguiría teniendo un vínculo afectivo, pero la carga logística, educativa y de supervisión constante sería compartida por toda la sociedad.
Socialización del trabajo doméstico: Para liberar el tiempo de las mujeres y permitir su plena incorporación a la vida productiva, cultural y política, Kollontai abogaba por eliminar las tareas domésticas individuales mediante servicios públicos colectivos: comedores públicos y cocinas comunales para que las mujeres no tuvieran que cocinar diariamente; lavanderías y servicios de limpieza públicos para abolir el lavado y la limpieza en el hogar privado; y vivienda comunal con zonas de servicio compartidas, rompiendo el aislamiento y la carga del hogar nuclear burgués.
Protección estatal integral a la maternidad: Lejos de ser «antinatalista», Kollontai reconocía la maternidad como una función social valiosa, pero exigía que el sistema la apoyara de forma material, no con discursos vacíos: licencias de maternidad pagadas y garantizadas, atención médica y obstétrica gratuita y de calidad, salas de lactancia y descanso en los lugares de trabajo. La idea era que la mujer no tuviera que elegir entre ser madre o ser una ciudadana económicamente independiente.
Ruptura con el mandato religioso y burgués: Kollontai denunciaba que la obligación de la mujer de dedicarse en exclusiva al hogar provenía de preceptos bíblicos («id y poblad el mundo») y de las necesidades del capitalismo de tener una fuerza de trabajo de reposición gratuita. La socialización de los cuidados era, por tanto, un acto de justicia de clase y de sexo: arrancar a la mujer de la «esclavitud doméstica» para convertirla en un sujeto pleno.
La diferencia con las políticas actuales es abismal. Mientras las propuestas nórdicas y de la izquierda «conciliadora» buscan que la mujer lo siga haciendo todo, pero con la «ayuda» de la pareja o con horarios flexibles (manteniendo a la familia como la unidad responsable), Kollontai iba mucho más allá: buscaba desvincular la supervivencia y el cuidado de la institución familiar. No quería «corresponsabilidad» dentro del hogar patriarcal; quería que el hogar dejara de ser el lugar donde se realizan los cuidados. No quería que el Estado «ayudara» a las madres; quería que el Estado y la comunidad asumieran los cuidados como una responsabilidad colectiva.
Esto es lo que la izquierda actual teme proponer: no se trata de hacer la maternidad más «cómoda» o «prestigiosa», sino de hacerla opcional y socialmente sostenida. Mientras sigamos partiendo de la base de que la crianza es responsabilidad de las familias (y por tanto, de las mujeres), ninguna cantidad de permisos parentales, ayudas económicas o discursos sobre «corresponsabilidad» va a cambiar la realidad material de la opresión femenina.
Kollontai ya lo sabía hace un siglo. Nos corresponde a nosotras recordarlo y exigirlo.
La viabilidad económica: TMM (Teoría Monetaria Moderna) y empleo público para la socialización de los cuidados
La objeción habitual a la socialización radical de los cuidados es siempre la misma: «no hay dinero para financiarlo». Pero esta afirmación parte de una concepción errónea de cómo funciona el dinero, incluso en el marco de la Eurozona. Es cierto que España, al carecer de soberanía monetaria propia, no puede emitir euros de forma independiente y depende del Banco Central Europeo (BCE) y de la aprobación de los presupuestos por parte de las instituciones europeas. Sin embargo, la restricción no es técnica, sino política. El BCE ha demostrado sobradamente que puede crear dinero de forma ilimitada cuando le conviene: inyectó billones de euros para rescatar a la banca durante la crisis financiera de 2008, activó el programa de compra de deuda (QE) durante años y desplegó el fondo pandémico (PEPP) de 1,85 billones de euros en apenas unos meses. El dinero se crea cuando hay voluntad política de crearlo. Lo que el BCE y las élites europeas se niegan a hacer es dirigir esa capacidad de creación monetaria hacia la socialización de los cuidados, la sanidad pública o la vivienda, porque eso implicaría cuestionar la arquitectura neoliberal de los tratados de Maastricht y el Pacto de Estabilidad, diseñados precisamente para someter a los Estados a la disciplina del mercado financiero.
La verdadera pregunta no es «¿de dónde sale el dinero?», sino «¿para quién se crea el dinero?». Cuando el BCE compra deuda pública española en los mercados secundarios, está financiando indirectamente al Estado español. Cuando permite que la banca privada acceda a liquidez prácticamente gratuita al 0% o al 1%, está subvencionando al sector financiero. Nada impide, técnicamente, que esa misma capacidad de creación monetaria se oriente hacia un plan europeo de empleo público en cuidados, infraestructuras sociales y servicios comunitarios. La restricción es ideológica, no económica.
La limitación real no es financiera, sino de recursos reales: mano de obra, materiales, infraestructuras. Y aquí es donde la socialización de los cuidados se convierte en una oportunidad económica extraordinaria. La creación de una red pública de guarderías, comedores comunales, lavanderías públicas, servicios de limpieza comunitaria y atención a la dependencia generaría cientos de miles de puestos de trabajo público, mayoritariamente ocupados por mujeres que actualmente realizan ese trabajo de forma no remunerada en el hogar. Este empleo público no solo sacaría de la miseria a millones de mujeres: transformaría el trabajo de cuidados de una carga invisible en un sector económico formal, con salarios dignos, derechos laborales y protección social.
Además, esta inversión en cuidados tiene un efecto multiplicador extraordinario: libera el tiempo de las mujeres para incorporarse plenamente al mercado laboral, reduce la pobreza infantil, mejora la salud pública y genera una economía del cuidado que sostiene el tejido social. No es un gasto: es una inversión en la reproducción social de la fuerza de trabajo y en la calidad de vida de toda la población.
La socialdemocracia nórdica fracasó porque intentó «facilitar» la maternidad dentro del marco capitalista sin cuestionar la estructura familiar patriarcal. Pero incluso su modelo demostró que la inversión pública en cuidados es económicamente viable. Si los países nórdicos pudieron hacerlo con sus propios recursos fiscales limitados, una España que exigiera al BCE y a la UE una reorientación de la política monetaria hacia la economía real y los cuidados podría hacer mucho más. Lo que falta no es dinero: lo que falta es voluntad política para romper con los dogmas neoliberales que nos han convencido de que «no hay alternativa» mientras se rescatan bancos con billones de euros de dinero público creado de la nada.
La mercantilización del cuerpo de la mujer: Del aborto a la menstruación
El acceso al aborto libre y gratuito, así como a los métodos anticonceptivos, no son concesiones del capitalismo ni del Estado: son conquistas históricas del feminismo, arrancadas tras décadas de lucha contra un sistema que quería mantenernos encadenadas a la maternidad obligatoria. Cuando las mujeres obtuvimos las herramientas para decidir cuándo, cómo y si queríamos ser madres, se rompió uno de los pilares fundamentales de la opresión patriarcal: la certeza de que nuestro cuerpo estaba disponible para la reproducción sin nuestro consentimiento.
Sin embargo, el capitalismo no tardó en convertir incluso esta emancipación en un negocio lucrativo. El aborto, que debería ser un derecho sanitario garantizado por el Estado, se ha convertido en una industria privada que genera millones a costa de nuestra necesidad. En España, la sanidad pública solo asume entre el 3% y el 5% de las interrupciones voluntarias del embarazo, derivando la inmensa mayoría a clínicas privadas donde antiguas activistas feministas montaron un negocio que factura cientos de millones de euros cada año. Mientras políticas como Isabel Díaz Ayuso se niegan a publicar las listas de médicos objetores de conciencia (muchos de los cuales practican abortos en sus clínicas privadas por dinero), el sistema sanitario público abandona a las mujeres a un mercado que mercantiliza nuestra decisión más íntima.
Lo mismo ocurre con los anticonceptivos. A pesar de ser una herramienta fundamental para la autonomía reproductiva, la píldora, los DIU, los implantes y otros métodos no están completamente subvencionados por el Estado, obligando a las mujeres a pagar de su bolsillo por algo que es esencial para su libertad. Mientras el capitalismo se niega a asumir el coste de prevenir embarazos no deseados, luego se escandaliza por el «gasto» del aborto o por la «falta de natalidad». Es la misma lógica que nos obliga a pagar por evitar la maternidad y luego nos culpa por no tener hijos.
Pero el lucro patriarcal no se detiene en la reproducción: se extiende a toda nuestra realidad biológica. La menstruación, ese proceso natural que afecta a la mitad de la población durante décadas de su vida, se ha convertido en otro nicho de mercado. Tampones, compresas, copas menstruales, analgésicos, productos «específicos para mujeres» con el famoso «impuesto rosa»: todo cuesta un dineral mes tras mes, año tras año, durante 40 años de vida fértil. El capitalismo ha descubierto que puede cobrar por nuestra biología, que puede gravar nuestra menstruación, que puede convertir en negocio cada aspecto de nuestro cuerpo.
Esto es lo que el feminismo materialista denuncia: no basta con conquistar el derecho al aborto o a los anticonceptivos si el sistema capitalista convierte esos derechos en mercancías. La verdadera emancipación exige que el Estado asuma como responsabilidad colectiva todo lo relacionado con la salud reproductiva y menstrual de las mujeres: aborto gratuito y público en todos los centros sanitarios, anticonceptivos completamente subvencionados, productos menstruales gratuitos, y una investigación médica que deje de tratar a las mujeres como mercados potenciales y empiece a tratarlos como realidades que merecen atención científica seria.
Mientras paguemos por decidir sobre nuestra vida, mientras el patriarcado siga lucrando con nuestra biología, no seremos libres: seremos clientas cautivas de un sistema que nos oprime y nos cobra por ello.
Hacia una emancipación real
La desvalorización del cuidado y el empobrecimiento de la vida no se solucionan encerrando a la mujer en un rol maternal romantizado, ni aceptando un feminismo de ONG financiado por los mismos bancos que destruyen el planeta.
La mujer debe ser reconocida y tratada como un ser humano integral, capaz de realizar su vida laboral, cultural, política y de ocio en plenitud. La verdadera emancipación exige la socialización de los cuidados, el fin de la violencia obstétrica, la asunción por parte del Estado de la crianza y la ruptura definitiva con la idea de que el destino de la mujer es parir y engendrar para el mercado o para la sociedad.
Mientras la mujer siga siendo el motor biológico y afectivo no remunerado del capitalismo, cualquier «avance» que venga financiado por las élites será solo una nueva cadena, pintada de colores modernos, diseñada para que sigamos siendo esclavas de nuestra propia biología al servicio de su codicia.
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Lidia Falcón O’Neill es autora de numerosos artículos, que pueden consultarse en la siguiente dirección
