El negocio de la reproducción
Que los seres humanos han sido, y siguen siendo mercancía, debe ser de conocimiento universal. Los esclavos lo fueron durante siglos y el comercio se practicó mediante secuestros, traslados forzosos y venta en mercados públicos, pero actualmente dos siglos después de su abolición, para nadie debe ser un secreto que diariamente, incluso en los países occidentales democráticos, hospitales, orfelinatos, conventos, y transacciones privadas proceden a robar recién nacidos aprovechando la debilidad o ignorancia de los padres, especialmente la madre, y se les entrega a familias que desean adoptar a bajo precio. Todos los casos no se conocen, para eso el negocio queda enmascarado bajo la ficción del consentimiento de los progenitores que no suelen recibir retribución alguna, pero en momentos de conflictos sociales que hacían imposible la vigilancia o incluso con el beneplácito de los gobernantes, como en la Guerra Civil española, se sustrajo a las madres los niños nacidos en prisión o en hospitales religiosos, para entregarlos a familias que los deseaban y que garantizaban una educación acorde con el régimen político.
Las mujeres han sido, y siguen siendo objeto de transacciones económicas, sobre todo en la prostitución. El lobby prostituidor “posee” a las explotadas, y se intercambian las mujeres entre unos y otros proxenetas, acordando precio.
Este proemio del artículo viene a cuento de haberme informado del negocio actual, en el primer cuarto del siglo XXI, que constituye la reproducción artificial, totalmente legal. Porque a ella recurren miles de mujeres que por patologías diferentes no pueden engendrar. La cultura patriarcal, desde tiempos inmemoriales, valora a las mujeres por su capacidad reproductora, ciertamente imprescindible para la continuidad de la especie. Por ello las ha destinado al matrimonio, tantos siglos indisoluble, ha inventado y mantiene la poligamia, y si es preciso secuestra a aquellas que pueden mantener la cadena reproductora de la familia o de la tribu. Ese destino, sin fin cercano, convierte a la mujer en la clase más explotada y maltratada de todas. Conocemos diariamente los casos de feminicidios machistas, que se producen tanto en los países más adelantados del planeta, como en aquellos que mantienen las costumbres más retrógradas.
En definitiva, el patriarcado ha elaborado una cultura y una ideología que considera a una mujer sin hijos una fracasada en su camino vital. Por eso las clínicas de reproducción asistida como se las llama, han construido un negocio multimillonario inventando la fecundación artificial, técnica por otro lado poco sofisticada dado lo simple de su mecanismo, a la que se prestan las mujeres con el afán de convertirse en madres que es su principal fin en ese mundo.
Incluso aquellas que no tienen pareja masculina. El relato de una de ellas me ha impulsado a escribir este artículo. Cumplidos más de cuarenta años sin haber procreado, una obsesión se apoderó de ella, era inútil para la necesaria y honrosa tarea maternal, viviría sola y en la vejez nadie la cuidaría ni seguiría su legado cuando muriera. No encontró alivio a su angustia en terapias psicológicas y se decidió a someterse a las pruebas de la clínica fabricante de niños. Siempre que existiera la máquina adecuada, por supuesto.
Siendo una mujer sana, sin patologías que justificaran su dificultad para quedar embarazada, la sometieron a una serie de pruebas, cada una más cara que las otras, que la mantuvieron martirizada durante varios meses y acabaron con sus recursos económicos. La lucidez le llegó en esos momentos de reflexión que a veces se suscitan cuando la sensatez vence a la angustia. Se le hizo evidente que estaban experimentando con ella, cuando no era preciso, sin que ningún profesional la hubiera ayudado a comprender lo innecesario de aquel calvario.
Ningún psicólogo ni psiquiatra le ofreció un análisis sobre lo tortuoso de su propósito. Una mujer en la madurez, que vivía sola y no tenía pareja sentimental, gastaba sus recursos, ganados únicamente con su trabajo, para engendrar un hijo que debería mantener y cuidar sin ayuda de un padre, abocándose a una vida de trabajo y sacrificios de los que no tenía ninguna seguridad de que ese hijo tan deseado la compensara, ni aún siquiera lo agradeciera. Con mucha probabilidad se lo reprochara al haberle privado de padre.
Las alternativas que le ofrecieron ante la dificultad que padecía para quedar embarazada con la inseminación artificial, fueron la implantación de un embrión fecundado con anterioridad por no se sabe quién. Quizá fue esta oferta la que le hizo reaccionar. Vio el negocio de acumular embriones en congeladores que serían después vendidos a mujeres como ella obsesionadas con cumplir su destino procreador. Cuando quiso saber de donde provenían le advirtieron que eso quedaría en secreto, los progenitores no querían que se conociera. Porque eran producto de abortos, y tal operación queda en la absoluta privacidad de la mujer que lo hubiera sufrido.
Lo que la determinó a cancelar de una vez aquel propósito obsesivo, fue la información de la asistente social. Podía probarlo, pero si quedaba embarazada y entonces se arrepentía se practicaría el aborto. Y aquel destino de dormitar meses en el congelador para ir a parar al útero de otra mujer desconocida, del embrión que debería haber sido su hijo, le pareció tan monstruoso como la fabricación de Frankenstein.
Las sucesivas pruebas que le practicaron sin ninguna necesidad ni resultado útil, mermaron sus recursos sin que tuvieran justificación. No pudo averiguar cuánto le costaría el embrión abortado que podría sustituir a aquel hijo tan deseado. Temporalmente, porque una vez que la lucidez se despertó en ella, fue enorme el alivio de comprender el engaño ideológico del sistema que ha convertido la que se supone felicidad de engendrar un hijo, no sólo en una cadena de experimentos dolorosos y costosos, sino también en el destino de un congelador de la clínica.
Dirán algunos que este relato siniestro se produce por la legalización del aborto, pero, al contrario, está impulsado por la enseñanza de que las mujeres son fundamentalmente hembras procreadoras, y que de tal modo deben cumplir su destino. O se les prohíbe el aborto, y muchas han purgado con cárcel su necesidad de controlar su maternidad. Y otras, como ella, se han sometido a numerosas pruebas y gastos para calmar su angustia de la infertilidad. La mujer es fundamentalmente la máquina que fabrica niños y no un ser humano autónomo, con capacidad para realizar cualquiera de las muchas tareas y acciones que la especie ha aprendido para llegar al grado de civilización que poseemos, desde la etapa de recogedora de frutos en las ramas de los árboles.
La lucha de las mujeres para ser consideradas personas con la misma capacidad de obrar y sentimiento de seres humanos iguales a los hombres, sin estar sometidas a los mandatos de la religión, la moral capitalista y patriarcal, se ha extendido durante dos siglos, y en la etapa actual todavía los prejuicios, consignas y amenazas del patriarcado más antiguo siguen rigiendo la vida de un número apreciable de ellas.
La batalla por la legalización de los métodos anticonceptivos y el aborto, se debe unir ahora a lograr el abandono de los esquemas de la familia del Antiguo Testamento, que persisten en nuestra cultura. Hoy con la ayuda del avance de la ciencia que permite fabricar niños como negocio.
Lidia Falcón – Presidenta Partido Feminista de España
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Lidia Falcón O’Neill es autora de numerosos artículos, que pueden consultarse en la siguiente dirección
