¡VÁYANSE AL CARAJO, YANKIS DE MIERDA!
Estados Unidos no ha intervenido en Latinoamérica: la ha depredado. Durante más de ciento cincuenta años, los pueblos que van del Río Bravo a la Patagonia han sido tratados como reserva estratégica, despensa energética y campo de experimentación política de un poder que jamás los reconoció como iguales. No hablamos de errores ni de desviaciones, sino de una política imperial sostenida, aplicada con violencia, envuelta en mentiras y legitimada siempre por una retórica moral que se descompone al primer contraste con la realidad.
Desde el robo territorial a México en el siglo XIX hasta la ocupación de Cuba y Puerto Rico; desde las invasiones del Caribe y Centroamérica hasta los golpes militares del siglo XX; desde las dictaduras tuteladas hasta las sanciones, los bloqueos y las “operaciones especiales” del presente, el método ha sido constante: quebrar soberanías, imponer élites obedientes y apropiarse de recursos. Cuando la sumisión no se consigue por las buenas, se impone por la fuerza. Cuando la fuerza no basta, se recurre al terror y a la traición.
La Doctrina Monroe, formulada en 1823, nunca fue un escudo frente al colonialismo europeo: fue una escritura de propiedad. “América para los americanos” significó siempre Latinoamérica para los intereses de Estados Unidos. Hoy esa doctrina ha sido reactivada sin pudor y sin disfraces. Ya no se esconde bajo el lenguaje del liberalismo ni de los derechos humanos: se proclama como doctrina de exclusión geopolítica. Ninguna potencia rival debe tener presencia real en un hemisferio que Washington considera zona vital, aunque para ello haya que violar soberanías, imponer dictaduras, causar miles de víctimas, pisotear tratados y convertir países enteros en escenarios de intimidación permanente.
La nueva doctrina estratégica estadounidense encaja como una pieza más de este engranaje: competencia entre grandes potencias, “seguridad” entendida como control de recursos ajenos y militarización del comercio. Latinoamérica reaparece ahí no como continente de pueblos soberanos, sino como territorio a disciplinar. Y cuando la disciplina económica ya no funciona, se recurre a la ocupación y la invasión con violencia.
Lo ocurrido en Venezuela no inaugura nada nuevo: desnuda lo que siempre estuvo ahí. La captura extraterritorial de un jefe de Estado, la arrogancia con la que se habla de “dirigir” un país ajeno, la amenaza abierta a gobiernos vecinos, marcan un punto de inflexión. El derecho internacional deja de ser siquiera una coartada. Se rompe a la vista de todos. El mensaje es claro: el imperio ya no se molesta en fingir.
Pero el motor real de esta agresión no es ideológico, sino material. Se llama petróleo.
Estados Unidos necesita petróleo. No solo producirlo, sino controlarlo. Su sistema de refino depende de crudos pesados que no abundan en su territorio. Venezuela, con las mayores reservas probadas del planeta, ocupa un lugar central en esa ecuación. No se trata solo de abastecimiento: se trata de decidir quién vende, a quién y bajo qué condiciones. Se trata, sobre todo, de romper los lazos energéticos y comerciales con China, de intentar frenar su avance asfixiando a quienes se atreven a comerciar fuera del perímetro impuesto por Washington.
Aquí aparece la gran contradicción del imperio decadente. Puede bombardear países, destruir economías y dejar tras de sí un paisaje de ruinas del que luego finge no ser responsable. Pero no puede permitirse destruir la industria petrolera venezolana, porque la necesita. La necesita para su aparato industrial, para estabilizar mercados y para sostener una hegemonía que se resquebraja. Tiene que controlar el mercado del petróleo en todo el mundo, porque permitir que otros países lo produzcan y lo vendan sin someterse a la disciplina del petrodólar, como estaba haciendo Venezuela vendiéndoselo a China en yuanes quebrantaba su hegemonía y sus beneficios. Un yonqui no quema su heroína: la roba, la controla y la convierte en instrumento de chantaje.
Tampoco puede —y lo sabe— lanzarse a una invasión terrestre. Ya tuvo su Vietnam. Ya tuvo su Afganistán. Sabe que ocupar un país con un pueblo organizado, con memoria histórica y con redes de solidaridad internacional, es una sangría política y militar que acelera su propio declive. Por eso prefiere la decapitación, el sabotaje, la guerra en la sombra. Por eso actúa a través de mercenarios, de sicarios y de traiciones, ejecutando en la oscuridad lo que no se atreve a firmar a plena luz. Ya lo ha hecho en el reciente pasado con Chile. Esta vez lo ha ejecutado al estilo de Panamá, pero el economista marxista Richard Wolff asegura que esa ha sido la principal equivocación de Trump, porque ha despertado la alarma de todos los países latinoamericanos. Que México se prepare, y Brasil y Argentina, a menos que se dobleguen y humillen mansamente.
No es esperable que el pueblo mexicano vaya a ceder sin respuesta a las imposiciones de Trump y su equipo, pero desde aquí quiero lanzar una llamada a los argentinos que han cedido su iniciativa entregándose a las burdas manipulaciones de Milei.
En ese asalto para secuestrar al presidente venezolano se produjo un hecho que el imperio desprecia: la muerte de más de 80 personas, entre ellos 32 cubanos que formaban parte del dispositivo de protección y cooperación internacionalista. No son “daños colaterales”: son el precio que el imperio cobra a quienes no se arrodillan. Pero que no piensen los mexicanos ni los brasileños ni los argentinos que ese es el único precio que pagarán ellos y los venezolanos. Si las naciones latinoamericanas no se aprestan a unirse, coordinarse y enfrentarse al imperio pagarán su inacción con la extracción de sus materias primas, el hundimiento de su economía y la pobreza que se extenderá por todo el continente.
Y que Cuba se prepare al próximo asalto. Debe hacerlo, aunque Cuba conoce bien ese precio. Más de sesenta años de bloqueo, sabotaje y violencia no han logrado doblegarla. Y por eso Cuba sigue siendo intolerable para Washington: porque es el símbolo que demuestra que el imperio puede matar, pero no puede vencer la unidad y cooperación de los pueblos.
El domingo 4 de enero por la mañana estuve frente a la embajada de Estados Unidos en Madrid. No estaba sola. Éramos miles. Mujeres y hombres, jóvenes y viejos, militantes de toda una vida y personas que han despertado recientemente. Gente que ya no compra la basura informativa del imperialismo corporativo decadente. Allí, frente a los muros del poder, resonó una frase que no es consigna, sino síntesis histórica. La dijo Chávez, pero la gritamos todos:
¡“Váyanse al carajo, yanquis de mierda!”
No es una grosería, o no lo es solo: es una declaración política nacida del hartazgo. Es la expresión de una rabia lúcida y de una impotencia que se transforma en conciencia. Es la voz de un pueblo que ha entendido que el problema no es un presidente concreto —ni siquiera este patético matón de patio de colegio pintado de naranja y teñido de rubio, grosero y brutal—, sino el sistema imperialista que representa y que entra en su fase más peligrosa porque parece asustado por la unión de los Brics, por la pertinancia con que el pueblo venezolano seguía construyendo la sociedad comunitaria que comenzó Chávez, por la solidaridad internacional que se ha mostrado estos días en otros países como España donde a pie de la embajada del imperio aguantamos miles de personas el frío de enero. Porque los españoles sabemos mucho de aguantar y luchar contra el fascismo, por eso concitamos la llegada de las Brigadas Internacionales el año 1936, por eso nos enfrentamos sin ninguna vacilación a la dictadura más sangrienta y duradera que ha sufrido nuestro país. Por eso estuvimos largos días en las calles contra la guerra de Vietnam, y contra la de Irak y contra la OTAN. Y estas líneas quieren ser un llamamiento a que no vacilemos ni perdamos un día en exigir a nuestro gobierno la ruptura de relaciones con EEUU y con Israel, y que plantee las mismas medidas en esa Unión Europea, cobarde y vasalla del imperio americano, que ni siquiera ha aprobado un documento de denuncia y condena en este momento trascendental de la guerra declarada por las grandes corporaciones y el complejo militar industrial contra los pueblos del mundo.
Si no somos conscientes los españoles de que estamos en un momento trascendental, como hace un siglo, de caer dominados por el fascismo mundial, podemos repetir la trágica historia que ensangrentó el mundo en 1939.
Porque cuando un imperio deja de respetar incluso sus propias reglas, entra en su hora final. Puede destruir países, sí. Puede asesinar, sí. Pero no puede gobernar conciencias, ni borrar la memoria, ni apagar para siempre la dignidad organizada de los pueblos.
Latinoamérica lo sabe. Lo ha aprendido a golpes. Y si algo enseña su historia es que los imperios avanzan mientras no encuentran resistencia, y retroceden —aunque sea a regañadientes— cuando los pueblos se plantan. Por eso es necesario seguir gritando con todas nuestras fuerzas:
¡VÁYANSE AL CARAJO, YANQUIS DE MIERDA!
Lidia Falcón – Presidenta del Partido Feminista de España
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Lidia Falcón O’Neill es autora de numerosos artículos, que pueden consultarse en la siguiente dirección
