Por Partido Feminista

Carta abierta a Carla Antonelli

Después de ver y oír a Carla Antonelli, contestando a la intervención de los diputados de VOX en la Asamblea de Madrid, en un apasionado alegato en favor de la ley trans que está en vigor, gracias a la campaña que durante varios años ha realizado y sus seguidores, comprendo que bastantes ciudadanos se dejen llevar por las emociones que despiertan sus gritos y sus lágrimas para apoyar su causa, que es la del colectivo que pretende -y consigue- que ya no se tenga en cuenta la condición sexual de cada uno de la pareja humana, y se acepte la transformación de hombres en mujeres y viceversa, sin más requisito que su soberana voluntad.

Los argumentos que han utilizado los defensores de esa causa tienen como base moral la marginación y represión que han sufrido durante toda su historia pasada. Perseguidos por su opción sexual,  han sido estigmatizados, detenidos, torturados y condenados a diversas penas en una sociedad patriarcal que odiaba a los homosexuales -cuando no eran los mismos dirigentes opresores, quienes tenían esa condición. Yo misma he arrancado de las garras de la policía y de la Guardia Civil a muchachos que les gustaba vestirse de mujer ¡en Carnaval! Y a los que tanto las fuerzas de seguridad como los medios de comunicación ridiculizaban y despreciaban publicando en la prensa sus fotos. Y a los que, por supuesto, les era imposible encontrar un trabajo digno de un heterosexual.

Una vez superada esa etapa, de la que persisten toda clase de represiones contra los trabajadores y las mujeres, y no digamos los emigrantes, ahora los transexuales pretenden tener una serie de privilegios de los que no gozamos quienes no lo somos.   

Y no solamente eso, sino que obligan a todas y todos las demás seres humanos que cumplamos las normas que ellos han decidido. La ley trans contempla sanciones a quienes se permitan criticar tales imposiciones, llegando al extremo de imponer multas administrativas, como en los tiempos franquistas, a los opositores.

A mayor abundamiento, esa legislación permite que menores de edad, por su sola voluntad, sin intervención de especialistas capacitados para ello, se mediquen desde la adolescencia para impedir el desarrollo normal de las características secundarias del sexo, y que incluso sean mutilados y castrados cuando lo reclamen.

Por estas perniciosas terapias, algunas deben durar toda la vida, se producen incapacidades que los “arrepentidos” no pueden revertir, como han confesado aquellos que se atreven  a admitir en público que se habían equivocado, y que se hacen llamar “detrans”.

Pero lo más inaceptable de todas las ventajas de que pretenden disfrutar los “trans” es que siendo hombres biológicamente así formados tienen derecho a participar en las competiciones deportivas y en los concursos de canto femeninos, en las listas electorales, en las oposiciones y en todos aquellos sectores reservados hasta ahora a las mujeres, y donde su mayor constitución y resistencia físicas les permite situarse en los más altos puestos del pódium y ganar medallas de oro en baloncesto, en carrera, en atletismo, en natación, en halterofilia. Una situación no sólo inaceptable sino también ridícula.  Y que defienden con un orgullo pretencioso, porque los sufrimientos pasados les han otorgado el derecho a molestar, preterir y hasta perseguir a quienes no estén de acuerdo con ellos.

Si durante muchos años ellos estaban amenazados y perseguidos por los “heteros”, ahora ha llegado su turno. Así, me denunciaron a la Fiscalía del Odio cuando me atreví a firmar un comunicado del Partido Feminista de España en el que mostrábamos nuestra crítica a las medidas que he mencionado y que se pretendían legalizar -cosa que ya ha ocurrido-.

La venganza y el resarcimiento que plantean es semejante al que defienden los israelíes frente a los palestinos, a los que se creen con derecho a exterminar, vengándose así del Holocausto del que fueron víctimas en los oscuros tiempos pasados, cuando no fueron ellos los verdugos.  

Carla Antonelli razona en esos mismos términos: “Si a mí, y a otros, nos insultaron y persiguieron de niños y de adultos, si nos humillaron y agredieron, nosotros ahora tenemos el derecho de resarcirnos exigiendo ventajas y derechos». Lo más inaceptable es que esa ofensiva se dirige contra las mujeres, no contra  aquellos represores que les martirizaron, y ahora somos nosotras las que debemos pagar los insultos y los malos tratos que les ofendieron. Incluyendo a los niños, de los que no parecemos preocuparnos. 

La indignación y las lágrimas de Antonelli parecen razones suficientes tanto a sus seguidores como a sus protectores para abolir la realidad. Esa que siempre se impone. Nadie puede cambiar las leyes de la naturaleza, inténtenlo con la de la gravitación universal.  Y de la misma manera el código genético no se modifica por la sola voluntad del individuo. Cinco mil años más tarde de la muerte, los restos de cualquier ser humano mostrarán el sexo de a quien pertenecen. Ustedes pueden disfrazarse de lo que quieran, divertimento que practicaron los homosexuales desde antes de Jesucristo, y yo no me opondré si eso no supone que obliguen a los demás a concederles derechos que ofenden a las mujeres, como utilizar los servicios sanitarios públicos de ellas y entrometerse en las listas que tienen preferencia femenina, lo que ha costado al Movimiento Feminista dos siglos de luchas.

Porque las lágrimas de Antonelli están justificadas cuando recuerdan la triste historia pasada, pero no pueden ser causa suficiente para construirse un mundo nuevo que perjudica y margina a las mujeres y destroza a los adolescentes, marcándoles de por vida.

Precisamente la historia pasada nos enseña como no defender causas monstruosas que nos han hecho desgraciadas a varias generaciones.

Madrid, 26 de febrero 2025 

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Lidia Falcón O’Neill es autora de numerosos artículos, que pueden consultarse en la siguiente dirección