TESIS. La mujer como clase social y económica | Partido Feminista de España

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La mujer como clase social y económica

 

Las mujeres constituyen una clase social, económica y culturalmente diferente de las otras clases masculinas.

Las mujeres conforman un gran grupo, el más numeroso de todas las clases sociales, que ocupa un lugar determinado históricamente por la división sexual del trabajo en el modo de producción doméstico, entendiendo éste como la forma en que se producen los bienes y la riqueza precisos para el mantenimiento y la reproducción de la sociedad humana. En dicho modo de producción la mujer es explotada por el hombre a nivel sexual, a nivel reproductor y a nivel económico a través de la realización del trabajo doméstico.

Este grupo social —las mujeres— se encuentra en todos los sistemas sociales explotado y oprimido por los hombres de todas las clases sociales, relacionado con ellos en régimen de servidumbre, y destinado a la reproducción y al mantenimiento de la fuerza de trabajo en la organización social del trabajo.

La división social del trabajo que Marx y Engels sitúan como primera premisa de las relaciones de clase entre explotadores y explotados, la pérdida del producto del trabajo por el oprimido y la apropiación del trabajo ajeno por el opresor, constituyen las características necesarias para que se dé dominación de una clase sobre otra. Y esta división del trabajo, como indica Engels “es la que se hizo entre el hombre y la mujer para la procreación de los hijos». La explotación de la mujer por el hombre consiste precisamente en esta relación de producción.

Sabemos ya, a través del conocimiento materialista de la historia, que ésta debe ser entendida como la historia del enfrentamiento entre las clases y, en consecuencia, que el concepto de clase es el que otorga la dimensión exacta a todos los otros conceptos: modo de producción, relaciones de producción, fuerzas productivas, superestructura ideológica. Por ello es preciso partir del concepto clase social y de la lucha de clases para determinar el lugar exacto que ocupa la mujer en cualquier organización social. Sólo a partir de su cualificación como clase, del lugar que ocupa en la producción de bienes, y del trabajo excedente que le es sustraído por la clase antagónica, podremos conocer el modo de producción doméstico y por ende las relaciones de producción entre la clase mujer y la clase que la explota.

Trabajo productivo, plus trabajo, trabajo explotado

Una clase se define fundamentalmente por el lugar que ocupa en la producción. Es decir, por el papel que cumple en la división social del trabajo y por las relaciones que establece con otras clases y fuerzas productivas. Es preciso recalcar, que una clase debe realizar un trabajo productivo para ser estimada como clase trabajadora.

Trabajo productivo en el modo de producción doméstico es aquel que crea ‘productos cuyo valor de uso los hace estimables socialmente. En el modo de producción capitalista, en cambio, el concepto usual mediante el que se conoce el producto del trabajo humano es el de mercancía, ya que al valor de uso —sin el cual el producto no tendría interés para nada— se le agrega el valor de cambio.

Toda mercancía se valora por el tiempo de trabajo humano invertido en ella y en relación a los conceptos de mercancía, de valor de uso, de valor de cambio y de trabajo humano tiene que definirse el trabajo explotado y el plus trabajo, y el valor de la fuerza de trabajo, conceptos que permitirían situar a un grupo humano en una clase social determinada.

Si partimos de la definición ofrecida anteriormente sobre el trabajo productivo, no nos quedará más que aplicarle el concepto de valor para situar económicamente el trabajo de la mujer en la sociedad, entendiendo por trabajo humano la actividad con la cual el ser humano obtiene los medios para mantenerse, reproducirse y desarrollarse.

Así, en la misma forma que es indispensable para una sociedad el trabajo humano, resulta imposible el ser humano sin la reproducción femenina. Tampoco han sido calificados de trabajo la producción de bienes de uso necesarios para el mantenimiento de los miembros de la familia ni los servicios sexuales explotados.

La apropiación por el hombre del producto fabricado por la mujer —el hijo—, la utilización en beneficio de su propio placer de la capacidad sexual de la mujer, y la apropiación del trabajo productivo que ésta realiza en las tareas domésticas constituye la condición necesaria para convertir a la mujer en una clase explotada por el hombre. La propiedad de ciertos medios de producción —algunos podrían entender que además de su propio cuerpo la mujer posee los instrumentos de limpieza o de cocina— un 1% señalado por la OIT, como veremos más adelante, no la descalifica como clase explotada por el hombre. Son las relaciones de producción las que dominan y determinan la explotación femenina.

Causas materiales de la explotación de la mujer

Las causas materiales de la explotación femenina se hallan en su propia constitución fisiológica, en su especialización reproductora, en la servidumbre de la gestación, de la parición y del amamantamiento.

La explotación femenina en la reproducción ha convertido a las mujeres en las esclavas de los hombres. La explotación sexual las hace objeto del placer masculino, la explotación de su fuerza de trabajo en las tareas domésticas y en la reproducción refuerza su explotación de clase por el hombre.

  1. A) Reproducción

La mujer es la única que puede fabricar un ser humano más. Sin que las mujeres inviertan nueve meses de gestación, de su gasto de energía física y psíquica, transformada en minerales, en vitaminas, en proteínas, en alcaloides, para la formación del feto, que deberá concluir en el enorme esfuerzo del parto, y sin que las mujeres amamanten y cuiden posteriormente las crías no existiría ninguna sociedad humana. En estas tareas la mujer invierte su mayor gasto de energía. Y el producto fabricado con tal esfuerzo es el primer bien apreciado por el hombre. Es el que constituye la fuerza de trabajo social, es el sirviente del padre, el continuador de la estirpe, el que garantiza la supervivencia del padre anciano. La mujer reproduce los seres que el hombre aprecia más que nada después de sí mismo. Y el hombre se aprovecha de ellos arrebatándoselos a la mujer, para utilizarlos en provecho propio.

Nadie puede negar que el ser humano fabricado por la mujer poseerá en un futuro el mayor rendimiento social y económico conocido. Se trata de la mercancía de más valor, los futuros obreros, empresarios, políticos, soldados o las futuras esposas y madres. Sin embargo, la gestación, el parto, el amamantamiento y el cuidado de las crías nunca han sido considerados como un trabajo productivo. El tiempo y el esfuerzo invertidos en la producción del hijo no le es ni remunerado ni reconocido a la mujer.

Son las formas sociales, bajo las que se realiza la reproducción las que niegan la condición de trabajo a aquélla. Bajo el modo de producción doméstico la reproducción constituye la natural obligación de las mujeres. Toda sociedad se halla constituida por el trabajo explotado de las mujeres en la reproducción, pero ésta se realiza en condiciones estimadas tan naturales como comer. No, por el contrario, cómo obtener la comida, actividad que siempre es entendida como trabajo. Y este negarle el valor del tiempo y del esfuerzo invertido, este negarle la cualificación de trabajo a la reproducción, está condicionado por las relaciones de reproducción entre el hombre y la mujer, mediante las cuales, aquél explota el cuerpo de la mujer y se apropia de su producto, sin remuneración alguna.

En la reproducción el medio de producción de la mujer es su propio cuerpo. Para ese proceso de producción no ha existido desarrollo social ni cambio desde la evolución del homínido al ser humano. El embarazo, el parto, la lactancia, se producen en ella, independientemente de su voluntad y en las mismas condiciones que todas las hembras mamíferas.

Para la mujer, la naturaleza misma de su cuerpo es la primera premisa de su entidad humana, su relación con la naturaleza se hace más estrecha que en el hombre. Se identifica más con el animal y con la planta, al comprobar que su cuerpo está sometido estrechamente, al contrario que el del hombre, a los ciclos vitales de la reproducción. Hasta que la medicina y la biología no adelanten, la mujer estará detenida en el proceso de modificación y desarrollo de su propio cuerpo y de su relación con la naturaleza y en su proceso social de avance.

El hijo, producto de la más importante inversión del trabajo femenino constituye socialmente, a la vez, la primera fuerza productiva, ya que sin seres humanos, sin fuerza de trabajo, no existe historia social.

  1. B) Explotación sexual

Una clase explotada no sólo se cualifica como tal en un proceso de producción. Sobre todo en los modos de producción precapitalistas la dominación de las clases explotadas se manifiesta en todos los aspectos de la vida. El esclavo y el siervo, cuando no pertenecen en su totalidad, enajenando su cuerpo, a su amo, están obligados a la prestación de toda aquella clase de servicios que éste requiera.

Las relaciones de producción entre la clase dominante y la clase dominada, en los modos de producción precapitalistas, implican la dependencia y la sumisión total de la clase explotada. Y la mujer se halla sometida al hombre en relaciones de producción precapitalistas.

El hombre no sólo domina la capacidad reproductiva de la mujer, no sólo posee el producto de su vientre fértil, «el hijo», sino que, además, se convierte en dominador de todas las restantes facultades femeninas. En el trabajo excedente que la mujer entrega gratuitamente al hombre se encuentran también los servicios sexuales. Esos servicios sexuales que se consideran de por sí gratuitos. En el modo de producción doméstico en su estado puro, el discurso del enamoramiento y de la elección libre del novio y del marido no existe. Las mujeres conocen desde su infancia el destino que les aguarda. Prometida desde muy joven por el padre que tiene la disposición sobre su cuerpo y será beneficiario de la transacción matrimonial —en algunas comunidades primitivas este papel corresponde al hermano de la madre— será entregada a un marido desconocido apenas alcanzada la menarquia, y utilizada en satisfacer el placer del macho que le haya tocado en suerte, mientras éste quiera. En este siglo, los países musulmanes han aprobado el matrimonio de niñas con hombres mayores.

Bajo una ideología capitalista, la mujer antes del matrimonio, engañada por el discurso burgués del amor, cree que entrega tanto como recibe. Después, el desengaño será catastrófico, pero tan irreversible como se pretende.

En el mundo de la prostitución encontramos las relaciones de esclavitud.

  1. C) Trabajo doméstico

El trabajo doméstico es aquel que se realiza en el ámbito de la célula familiar de manera casi exclusiva por las mujeres. Es un trabajo, puesto que requiere la utilización de material, el uso del esfuerzo físico y tiempo para desarrollarlo.

Se trata de un trabajo útil y produce solamente valores de uso, imprescindible para la supervivencia de los individuos. Es un trabajo real ejecutado por las mujeres en régimen de explotación, ya que el marido o compañero se apropia del trabajo excedente que realiza aquélla a cambio de la comida, del vestido y el cobijo.

Todas las mujeres realizan trabajo doméstico. Todas, pues, son amas de casa, incluso aquellas que además ejecutan un trabajo asalariado.

Cada hombre, tanto desde el punto de vista económico como psicológico, es el beneficiario del trabajo doméstico de la mujer y de su situación de dependencia. Psicológicamente porque tiene una persona cuya única y principal misión en la vida es ayudarle a resolver los problemas cotidianos, alguien que, como se ha dicho, «es una secretaria, una amante y una ama de llaves en la misma persona». Y económicamente porque es mucho más barato mantener a una sola mujer que pagar a una mujer de hacer faenas, un restaurante, una lavandería e incluso una prostituta.

Conciencia de clase

Cuando se divide a las mujeres en clases sociales diversas e incluso antagónicas, se hace siempre en razón de la clase social del marido, con absoluto desprecio por el mínimo rigor científico.

La confusión mayor se establece a partir de la discusión sobre si las mujeres de los burgueses entrarán en la lucha feminista con todas sus consecuencias. Lo que significa confundir el concepto de clase con el de conciencia de clase. Se confunde la definición económica de la pertenencia a una clase por el lugar que ocupa en la producción, la porción de riqueza que percibe y las relaciones de producción con las clases dominantes, con la conciencia de clase que poseen los individuos que componen dicha clase. Es decir, se confunde la estructura económica y la superestructura ideológica. Entre las condiciones materiales de existencia y la ideología que las teoriza y las agrava.

La explotación de clase debe ser mantenida diariamente mediante la opresión. Y la opresión más eficaz es la ideológica. La alienación de la clase mujer se facilita grandemente convenciendo a las propias mujeres de las diferencias que las separan e incluso las enfrentan, según la clase de su marido. La ideología dominante masculina y burguesa ha expresado claramente cuáles han de ser las expectativas de la esposa de cada marido de cada clase

Si todavía la mujer debe constituirse en clase para sí, es decir, elaborar su propia conciencia de clase, también es cierto que muchos obreros son esquiroles de sus compañeros y votan a la derecha o ingresan en los cuerpos represivos del pueblo convirtiéndose en traidores a su clase.

Que las mujeres más concienciadas hayan asumido la ideología proletaria y hayan luchado con los hombres por la victoria del socialismo, no significa que hayan elaborado la conciencia de su propia clase.

«Mientras una clase no tiene fuerza ni conciencia para elaborar su propia ideología, asume la ideología de la clase revolucionaria que le precede, que está en ascenso… Si los obreros forman masas compactas (durante la Revolución Francesa), esta acción no es consecuencia todavía de su propia unidad, sino de la unidad de la burguesía, que para alcanzar sus propios fines políticos, debe —y por ahora aún puede— poner en movimiento a todo el proletariado. Durante esta etapa, los proletarios no combaten, por tanto, contra sus propios enemigos, sino contra los enemigos de sus enemigos, es decir, contra los vestigios de la monarquía absoluta, los propietarios territoriales, los burgueses no industriales y los pequeños burgueses. Todo el movimiento histórico se concentra de esta suerte en manos de la burguesía, cada victoria alcanzada en esta condiciones es una victoria de la burguesía.», dice Marx en El 18 de Brumario de Luis Bonaparte.

Doscientos años después, la lucha de clases se repite, casi en las mismas condiciones. Mientras el proletariado es una clase en ascenso, arrastra en su lucha a las mujeres. Y cada victoria ganada por el proletariado, no lo es contra los enemigos de la mujer, sino contra los enemigos de sus enemigos: contra la burguesía industrial y financiera, contra las oligarquías de todo tipo, contra el imperialismo, contra el centralismo y el colonialismo, contra la burguesía especuladora y terrateniente. En esta etapa, el proletariado todavía puede movilizar a las mujeres en su propio beneficio, y convencerlas de que la lucha por el socialismo es su propia lucha. Alcanzada la victoria de aquellos países donde se ha producido una revolución proletaria, las mujeres quedan en un lugar secundario en la sociedad, y siguen siendo explotadas por los hombres en la reproducción, la sexualidad y el trabajo doméstico.

A principios de siglo, debido fundamentalmente al auge del movimiento sufragista, los partidos de izquierda calificaron de «burguesas» las reivindicaciones exigidas por las mujeres, surgiendo una dura polémica entre feminismo y comunismo. Antes de que el proletariado de muchos países hubiera podido cumplir sus tareas revolucionarias, en algunos países las mujeres se habían convertido en un nuevo adversario que quería transformar el orden social proletario. Por ello, el proletariado y sus partidos, se hicieron conservadores mucho antes de haber  llegado al poder.

La lucha por conservar sus privilegios de clase se hizo cada vez más enconada entre los partidos proletarios y el movimiento feminista. Antes de alcanzar el poder, el proletariado, el campesinado, y sus partidos revolucionarios se delataron frente a las mujeres, expusieron sin disimulo sus ataques y boicotearon la lucha feminista.

En el momento en que Mrs. Pankhurts toma concienca de que es necesario luchar contra los hombres —tanto los de la derecha como los de la izquierda—, ésta afirma: «A los hombres tenemos que agradecerles habernos enseñado la alegría de la lucha».

En la actualidad, la situación ha cambiado. Los partidos de las clases trabajadoras han tenido que reconocer los éxitos conseguidos gracias a la lucha de las mujeres. Por ello se han visto obligados a engancharse en el carro del feminismo, a asumir algunas de las reivindicaciones de las mujeres, a apoyar las manifestaciones y lucha, aunque muchas veces pretenden manipular estas.

Fracción de clase

Es necesario no confundir el concepto de clase con el de fracción de clase, que corresponde a los subgrupos en los que puede descomponerse una clase. Así, en la clase mujer nos encontramos con varias fracciones de clase. No sufre igual la explotación doméstica la mujer esposa de un proletario no cualificado que la esposa de un oligarca. Las diferencias entre ellas se establecen principalmente, en relación al sueldo, la riqueza y las propiedades de uno y otro hombre. Por otro lado, las diferencias económicas y materiales de las formas de vida de estas mujeres tan distintas, condicionarán, inevitablemente, ciertas conductas, hábitos y psicologías tan diversas, que tanto la mujer del oligarca como la del proletario y la esposa del ejecutivo de clase media, aparecerán a los ojos del mero observador como mujeres de clases antagónicas, que defienden intereses contrapuestos.

Ahora bien, tanto una como otra, por analizar fracciones de clase claramente diferenciadas, tendrán un hombre; amo y señor, que las explotará en función de sus necesidades sexuales, de su prestigio social, de la conveniencia de tener herederos, o de su servidumbre doméstica. Ellas estarán sometidas al opresor y éste les dará la manutención en cantidad y cualidad directamente proporcional a su riqueza.

La mujer «burguesa»

El criterio con el que un gran sector de «marxistas» clasifican a algunas mujeres como «burguesas» resulta totalmente acientífico. En la gran mayoría de los casos dichas mujeres no son las propietarias de los medios de producción ni detentan ningún poder económico ni político.

Según informes de la OIT, las mujeres trabajan las dos terceras partes de las horas de trabajo en el mundo. Sólo cobran el de los salarios y poseen únicamente el de todos los bienes del mundo, tanto bienes de producción como de consumo. En este cálculo hay que añadir además, que la OIT no calcula las horas de trabajo que las mujeres invierten en la reproducción y en los servicios sexuales explotados. Al parecer, la OIT tampoco tiene en cuenta el trabajo del ama de casa occidental. A tenor de estos datos, no descartamos la existencia de mujeres burguesas dentro del modo de producción capitalista, aunque se trate de verdaderas excepciones y, por tanto, no resulten significativas. De todos modos, cabe recalcar que incluso la mujer burguesa, que tiene la propiedad de los medios de producción, puede estar explotada por el marido dentro del modo de producción doméstico. Esta mujer, pues, estará adscrita a dos clases, al igual que la trabajadora asalariada que al mismo tiempo se halla inserta dentro del modo de producción doméstico.

La clasificación, pues, se realiza mecánicamente analizando la clase a la que pertenece el marido. Es decir, el matrimonio se considera como un criterio válido para determinar la pertenencia de clase, y este mismo postulado se emplea también para dividir al resto de las mujeres en las mismas clases que representa su esposo.

La mujer «burguesa» o más exactamente las mujeres o hijas de burgueses, únicamente poseen lo que su padre buenamente les ha dejado en herencia o lo que su marido haya querido regalarle. En la práctica, las mujeres se limitan a heredar rentas, algunos bienes de consumo, un vitalicio, etc.

En general, la mujer del burgués llevará una vida más cómoda y confortable que la del proletario, pero también ella será explotada por su amo puesto que éste se apropiará del trabajo excedente realizado por su esposa. Es cierto que en muchas ocasiones la mujer del burgués no ejecutará ella misma el trabajo doméstico, pero será la única responsable de que las tareas caseras se realicen según los deseos del marido, reproducir los hijos —en especial los varones, continuadores de la herencia, el apellido y la estirpe—, y someterse a la servidumbre sexual en las condiciones exigidas por el amo de la casa. El trabajo realizado por la «burguesa» difiere de la «obrera» o de la «campesina» porque las relaciones de producción con el explotador, y los medios de producción que utiliza, aparte de su propio cuerpo, —proporcionados por su «señor»— están en consonancia con el «status» económico del explotador.

Ahora bien, el día en que la mujer «burguesa» se niega a continuar siendo un objeto de placer sexual para su marido o una máquina de reproducción de hijos, o incluso, si esta mujer no puede por esterilidad proporcionar a su esposo futuros herederos, éste la abandonará, la repudiará o se divorciará de ella, y la denominada mujer «burguesa», que tanta polémica genera en algunos sectores del feminismo, será despedida de su puesto de trabajo, generalmente sin ninguna indemnización.

La mujer «obrera»

Cuando se habla de mujeres «proletarias» no se designa únicamente a aquellas mujeres que trabajan como obreras en una fábrica dentro del modo de producción capitalista, sino también a las que son esposas de los obreros.

La mujer del obrero depende del sueldo, de las dietas y de los pluses que cobre su marido, y según la mensualidad que él aporte a la familia, ella mantendrá la casa, ahorrará lo posible para el futuro, y administrará la economía doméstica. Es importante resaltar aquí la relevancia de su ahorro y de la administración del sueldo del hombre de la casa, pues con esta tarea, las amas de casa de los trabajadores ayudan a frenar la inflación y a estirar los salarios.

La mujer «campesina»

Las condiciones de producción del trabajo doméstico varían, aún más si cabe, en la mujer que vive en zonas rurales, como esposa de un campesino. Se hallan insertas en el modo de producción doméstico, en su forma más pura. El trabajo doméstico que siempre va acompañado del trabajo en el campo con su marido, recae exclusivamente en sus hombros.

Aunque la población rural se ha reducido drásticamente en España, ha pasado del 43% en los años sesenta al 20% en 2015, miles de mujeres viven en explotaciones agrícolas y trabajan en esas tareas. La dependencia económica, civil y social de esas mujeres hacia su marido se ha puesto nuevamente de manifiesto cuando varias asociaciones han reclamado la titularidad de las propiedades en las que trabajan y que no les pertenecen ya que se hayan inscritas a nombre del marido exclusivamente.

La mujer de «clase media»

Ni en un extremo ni en otro de estas condiciones de producción del trabajo doméstico, se encuentra la mujer esposa del oficinista o del ejecutivo de clase media, esa clase hundida por la monotonía, el aburrimiento, el conservadurismo y el sometimiento de la mujer por excelencia. Estas mujeres, viven una situación que Betty Friedan denomina “los confortables campos de concentración” sin buena comunicación con el exterior, con la vida política y social. Esta soledad, esta incomunicación, este aislamiento, se agrava en el momento en que los hijos se hacen mayores, y el marido encuentra otra joven con quien complacer sus deseos y necesidades. Las mujeres de este sector social siguen dando los índices más altos en las depresiones endógenas y en las neurosis obsesivas.

La mujer «soltera»

Otra fracción de la clase mujer la componen las mujeres solteras, sector donde existen, a su vez, distintos subgrupos: aquellas que dependen económicamente de su familia y únicamente realizan tareas domésticas;, las que además del trabajo doméstico desempeñan una profesión remunerada: las que han logrado una promoción profesional que las independiza económicamente y las libera de las tareas del hogar; las que no están explotadas sexualmente porque han rechazado el matrimonio o han elegido una opción sexual lésbica; las que están explotadas sexualmente por uno o varios amantes; las que se han reproducido o las que se han negado a la maternidad.

En cuanto a la mayoría de las mujeres de este sector, lo componen mujeres rechazadas socialmente porque no han alcanzado el «status impuesto» a la mujer: el de esposa y madre. Sin embargo, la mayoría sigue sometida al modo de producción doméstico. Siguen viviendo en el hogar familiar realizando las labores caseras para el padre, los hermanos e incluso los cuñados.

Aquellas otras que desarrollan una profesión remunerada mantienen las mismas obligaciones respecto a la familia y en muchos casos deben ayudar económicamente a ésta con lo que ganan.

Un sector lo constituyen aquellas mujeres que por decisión propia han rechazado el matrimonio y, la maternidad. Pero incluso estas mujeres serán tratadas por sus padres y hermanos en forma distinta que sus hermanos varones. Es a la que recurrirán todos en un momento de necesidad, precisamente por ser soltera. Por otro lado, el camino de su promoción profesional lo habrá realizado con más dificultad que sus hermanos varones, su salario será siempre menor que el de sus compañeros de trabajo, deberá luchar constantemente en condiciones desventajosas con la competencia masculina, y muy pocas accederán a puestos directivos y políticos. La opresión que se ejerce sobre todas las mujeres las afectará por igual. Serán también sometidas por las leyes que establecen los privilegios masculinos, los prejuicios sociales, las costumbres del lugar donde residan, las normas morales de su relación con los hombres. Seguirán siendo mujeres, adjetivo calificativo, aunque sean brillantes y audaces.

Las mujeres solteras constituyen la fuerza de trabajo de reserva del modo de producción doméstico, llamadas a realizar sistemáticamente los procesos de trabajo necesarios para la supervivencia del modo de producción doméstico —tareas domésticas, servicios sexuales, trabajo reproductor— si así fuera conveniente. Como sabemos por Marx, no es precisa tanto la propiedad de los medios de producción como su relación a través de ellos con la sociedad. Aplicando esta frase a las mujeres, puede verse claramente que éstas establecen su relación con la sociedad a través del matrimonio. La mujer soltera, en cambio, queda excluida de esta relación «natural», y este factor la llevará a sufrir la misma opresión y marginación que el resto de sus compañeras.

El modo de producción doméstico

Definición

Entendemos por modo de producción doméstico la forma en que se producen los bienes precisos para el mantenimiento y la reproducción de una sociedad humana, caracterizado por la existencia de dos únicas clases, el hombre y la mujer, y la consecuente explotación sexual, reproductora y productora de ésta.

La fuerza productiva determinante del modo de producción doméstico es la fuerza de trabajo humana. La tecnología está totalmente ausente o muy poco desarrollada. La energía humana es la principal y casi única fuerza de trabajo, y está producida exclusivamente por una de las dos clases: la mujer. En esta división del trabajo se halla la causa material de la explotación femenina.

Las relaciones de producción entre el hombre y la mujer en el modo de producción doméstico están basadas en la dominación de ésta por aquel e incluyen la explotación sexual y la explotación productora a la par que la explotación reproductora. En esta dominación del varón sobre la mujer se asienta no sólo el poder de aquel, sino la perpetuación del modo de producción doméstico a través de todas las épocas.

La forma de explotación típica del modo de producción doméstico es la que se realiza diariamente sobre las mujeres en aras de la producción de hijos. Las mujeres, por serlo, deben realizar las tareas domésticas.

 

Sociedad y trabajo excedente: orígenes del modo de producción doméstico.

Para que exista cualquier sociedad, por más primitiva que ésta sea, es preciso que la mayoría de los miembros realicen un trabajo excedente, para cubrir los servicios sociales más imprescindibles. Resulta evidente que si cada individuo de la comunidad realizara exclusivamente el trabajo necesario para su mantenimiento, nadie cumpliría los trabajos comunes y sociales, por primarios que fueran. Entre los trabajos fundamentales para la supervivencia de cualquier sociedad resultan imprescindibles la reproducción de los seres humanos y el mantenimiento de los niños, de los enfermos y de los ancianos. También son necesarios otros trabajos para el mantenimiento de los individuos: alimentación, vestido, vivienda, limpieza. Todas estas tareas se encomiendan siempre a un grupo social determinado, las mujeres.

Las llamadas comunidades primitivas, sean cazadoras/recolectoras o agricultoras, desarrollan un modo de producción al que denominamos doméstico y en el que la división sexual del trabajo es la razón original de la explotación. Las actividades domésticas de cualquier mujer adulta y las depredadoras de cualquier hombre adulto agotan prácticamente los trabajos habituales de la sociedad. Ahora bien, el plus trabajo de la mujer se realiza fundamentalmente en su actividad reproductora, productora de la fuerza de trabajo. La reproducción y el mantenimiento de la fuerza de trabajo, además de las tareas domésticas antes mencionadas, constituyen el trabajo excedente social, del que se apropian tanto los hombres individualmente como el grupo masculino. Esta apropiación conforma la primera forma de explotación social. La primera existencia de clases y por tanto de lucha de clases. Y para mantener a todo el grupo de mujeres en estado de explotación —casi esclavitud en muchas sociedades— el hombre recurre tanto a la fuerza como a la coerción extraeconómica, y a la opresión ideológica.

Para que no existiera explotación en la apropiación de ese trabajo excedente de la mujer sería preciso que se le retribuyera por él equitativamente al esfuerzo realizado. Es decir, que las mujeres tendrían que recibir una parte mucho mayor de la riqueza social que los hombres, lo que las constituiría en el grupo más poderoso de la sociedad. Por el contrario, en todas las sociedades estudiadas las mujeres constituyen el grupo más pobre y despreciado, y el que realiza los trabajos de infraestructura más penosos, de más larga duración y de menor consideración social.

El desarrollo de las fuerzas productivas

En las sociedades primitivas, el trabajo excedente de la mujer en el modo de producción doméstico, en especial la reproducción y el mantenimiento de la fuerza de trabajo, es el que consigue el aumento de la fuerza de trabajo humana.

El aumento de la población y la presión demográfica constituyeron los factores fundamentales para el paso de una economía destructiva a los orígenes y el crecimiento de una economía agrícola y/o pastoril en todo el mundo. Este aumento demográfico exige campos que cultivar, inventa herramientas, precisa más materias primas, que a su vez producirán más productos terminados, y nos explica la paulatina transición de una economía netamente cazadora a una economía productiva, donde la agricultura y la ganadería juegan el papel fundamental.

Con el tiempo esta nueva economía conducirá, a su vez, y gracias también al trabajo excedente reproductor de la mujer, a la creación de las primeras sociedades clasistas, tal como se han entendido hasta ahora. Este plus trabajo es el que permite el desarrollo de las fuerzas productivas y el que establece las condiciones fundamentales para el paso del modo de producción doméstico a otro más avanzado.

El aumento de la fuerza de trabajo producirá un excedente que será controlado y apropiado por una clase que centralizará y monopolizará la explotación sobre una población y un territorio determinados, como contrapartida de sus funciones de protección y administración, y que inventará, a partir de este momento, la institución del Estado.

A la vez, el modo de producción doméstico no desaparece, sino que se prolonga como básico, dominado y utilizado por el modo de producción dominante, que en realidad se implanta y se desarrolla gracias al plustrabajo de las mujeres, tanto respecto a la reproducción como al mantenimiento de la fuerza de trabajo. El plustrabajo de las mujeres, su explotación en la reproducción y el trabajo doméstico, es el que produce los trabajadores necesarios para el mantenimiento del Estado, ya sea el asiático, el esclavista, el feudal, el capitalista e incluso el socialista.

 

Superestructura ideológica y modo de producción

«El concepto de modo de producción no sólo define la estructura económica de la sociedad, sino también la totalidad social global. Es decir, tanto la estructura económica como los niveles jurídico-políticos e ideológicos. Las clases sociales son conjuntos de agentes sociales determinados principal, pero no exclusivamente por su lugar en el proceso de producción, es decir, en la esfera económica. Para el marxismo, lo económico desempeña en efecto el papel determinante de un modo de producción y en una formación social; pero lo político y la ideología, en suma, la superestructura, tienen igualmente un papel muy importante. De hecho, siempre que Marx, Engels, Lenin y Mao proceden a un análisis de las clases sociales, no se limitan al solo criterio económico, sino que se refieren explícitamente a criterios políticos e ideológicos», dice Nicos Poulantzas en Las clases sociales en el capitalismo actual. (pág. 13, Ed. Siglo XXI).

La ideología que define las instituciones mediante las cuales se realiza y se reproduce la dominación de la mujer por el hombre, es la que podemos denominar patriarcado. El patriarcado constituye la superestructura ideológica del modo de producción doméstico. Ideología desarrollada por el hombre a partir del momento en que necesita justificar por qué se apropia del trabajo excedente de la mujer.

El patriarcado se encuentra subsumido y expuesto en el conjunto de libros religiosos y códigos legales tales como el Antiguo Testamento, los Vedas hindúes, el código de Hammurabi, las máximas de Confucio, etc., y en las normas morales y costumbres de todos los países. Su misión es reforzar la ideología de sumisión y explotación de la mujer y reproducir constantemente el modo de producción doméstico. La ideología patriarcal constituye la coerción extraeconómica de la clase mujer para mantener su opresión y evitar cualquier rebeldía femenina.

Pero como no podemos concebir una superestructura ideológica que no tenga como fundamento la reproducción de la estructura económica que debe reforzar, el patriarcado no puede existir con vida propia, como pretenden los ideólogos llamados marxistas, independientemente del modo de producción doméstico que la genera.

Cualquier modo de producción dominante sobre el doméstico, utilizará la ideología del patriarcado que le sirva para reforzar su dominio, tanto sobre la mujer como sobre las otras clases explotadas. A partir de la introducción del modo de producción capitalista, a la burguesía le interesa la mayor producción de seres humanos para destinarlos a la producción asalariada, y en consecuencia el infanticidio se pena severamente. En cambio, en otros aspectos —adulterio, virginidad, poderío del marido, del padre— se mantienen las mismas normas que 300 años a.C.

La ideología patriarcal, por tanto, nunca puede confundirse, ni aún semánticamente, con el modo de producción doméstico, a pesar de que éste incluya aquella. De la misma forma que no puede prescindirse de la existencia del modo de producción doméstico cuando se hable de ideología patriarcal. Esta ideología, que se ha mantenido intacta en su esencia, a pesar de las transformaciones que han sufrido los sucesivos modos de producción dominantes, a través de todas las épocas, ya que ella es la que mantiene y reproduce el modo de producción doméstico, en el que se asienta.

Modo de producción doméstico y modo de producción capitalista.

La comunidad doméstica que se llama familia, cuyo funcionamiento ha quedado oculto tras el frondoso ramaje de la ideología patriarcal y de las relaciones de producción capitalistas. Porque el capitalismo no sólo se instauró sobre la explotación del modo de producción doméstico, sino que también sobrevive gracias a él; en una palabra, gracias a la explotación de las mujeres.

La alimentación de la fuerza de trabajo, su comodidad y su limpieza, su compensación sexual y su reproducción, se realiza en los países capitalistas en el modo de producción doméstico, cuyas «fábricas» son las familias, y cuya clase explotada es la mujer. Cada mujer, en cada hogar, provee de la alimentación, la limpieza, la salud física y sexual de los hombres que el capitalismo utilizará para la producción de sus mercancías, y cuyo costo de manutención resulta mucho más bajo que si lo produjera en términos de mercado capitalista. La fuerza de trabajo vendida al capital resulta baratísima para éste —además de la plusvalía extraída— porque está mantenida y reproducida gratuitamente. Esta ley es válida tanto para el modo de producción capitalista como para el socialista: el valor de la fuerza de trabajo, que es el de su manutención y el de su reproducción, resulta tanto para el patrono capitalista como para el Estado socialista, a un coste inferior a la mitad de lo que supondría de estimarse el valor de esa manutención y reproducción en el mercado capitalista, mediante el trabajo explotado de la mujer en régimen de relaciones serviles. La mujer realiza el trabajo doméstico exclusivamente por la comida y el techo, mientras los servicios sexuales y la reproducción los realiza gratis.

Mediante la extracción de tal trabajo excedente el hombre individual aumenta su cuota de bienestar, mientras el capital aumenta su cuota de beneficio.

En resumen, esta es la ley del beneficio capitalista: el modo de producción capitalista se ha asentado sobre la explotación exhaustiva de la mujer: tanto como fuerza de trabajo vendida a más bajo precio en la producción industrial, como en el modo de producción doméstico.

Para que el capitalismo extraiga la mayor cuota de plusvalía es preciso que las mujeres trabajen gratis en el modo de producción doméstico, independientemente de su explotación como obreros. La fuerza de trabajo que el capital compra, no sólo lo hace por menos de su valor en términos de la plusvalía que le extrae, sino sobre todo porque el coste de los procesos de alimentación, limpieza, hábitat y satisfacción sexual no están valorados.

Así, para que el valor de la fuerza de trabajo no alcance una cuantía nunca sospechada, el capitalismo debe preservar, en vez de destruir, el modo de producción doméstico, y seguir manteniendo la explotación de las mujeres de tal modo que la reproducción y el mantenimiento de esa fuerza de trabajo siga resultándole gratis. Vale decir que aunque muchas mujeres participen en la producción asalariada no dejan por ello de ser reproductoras y amas de casa. He aquí la ley por la que las mujeres reciben menos salario en la producción capitalista, así como no deben alimentar esperanzas de ascensos ni de promociones profesionales. Antes que productoras son reproductoras, y por tanto las condiciones de la reproducción dominan las de la producción.

 

En el socialismo

Incorporadas las mujeres a la producción de mercancías, exigiéndoles rendimientos de trabajo similares a los de los hombres, y explotadas en el modo de producción doméstico que sigue exigiéndoles su contribución en la fabricación de trabajadores y en el bienestar de éstos, las mujeres socialistas siguieron siendo fuerza de trabajo mal remunerada, sin detentar verdadero poder en la estructura política y social del Estado soviético. Para ellas la revolución socialista, si bien aparentemente les otorgó derechos políticos y civiles que mejoraban su «status» anterior a la revolución, en la estructura social seguían siendo una clase de segunda categoría.

Nuevamente se ha cumplido la dialéctica de la lucha de clases: al romper sus trabas feudales, los siervos y los campesinos medievales se transformaron en proletarios, con igualdad de derechos civiles y políticos que sus antiguos señores, sin embargo cambiaron la explotación servil por la entrega de plusvalía al capital. Los trabajadores nunca fueron más explotados que en la edad de oro del capitalismo. Y hasta que las mujeres socialistas no comprendan que su situación es un fiel remedo de aquélla, no podrán iniciar el camino de su lucha.

Mientras tanto, las mujeres de los países capitalistas todavía discuten si su lucha habrá de dirigirse únicamente a facilitarles a los hombres el camino hacia el socialismo, para que logren el derecho a explotarlas. La alienación de la clase mujer es producto, como en el caso de las otras clases dominadas en el curso de la historia, de la misma dialéctica de la lucha de clases que las preceden en la lucha.

Madrid, 19 noviembre 2016.